Luego de algunas semanas de quietud, el avispero de la investigación a cargo del fiscal especial Robert Mueller, que busca esclarecer el alcance de los vínculos entre la campaña de Donald Trump y el Gobierno ruso y si ambos se confabularon para desprestigiar a la aspirante demócrata, Hillary Clinton, volvió a sacudirse este lunes.

Y de qué manera. Por un lado estuvo la entrega al FBI del exjefe de la campaña republicana, Paul Manafort, y de su socio Rick Gates. Ambos se declararon inocentes frente a cargos como lavado y conspiración contra Estados Unidos. No obstante, una jueza de Nueva York ordenó su detención domiciliaria. Por otra parte, en un hecho por ahora sin relación con el anterior, George Papadopoulos, quien también fungiera como asesor del mandatario, se declaró culpable de haber mentido al FBI cuando negó que hubiera tenido contacto con un profesor ruso cercano al Kremlin. Papadopoulos está detenido desde julio y ha colaborado con la agencia. Es una noticia que roba el sueño a más de un integrante del círculo más cercano de Donald Trump.

De soplar con fuerza y sin descanso los vientos de crisis, no se descarta que Trump juegue la carta del nacionalismo.

Es verdad –como lo recordó el presidente con un trino– que los hechos por los que se procesará a Manafort se refieren al lobby que le habría hecho, antes de la campaña, a favor de los intereses del Gobierno ucraniano cuando al mando de este se encontraba un viejo aliado de Vladimir Putin: Viktor Yanukóvich. La acusación también se refiere a la forma como blanqueó el dinero fruto de esa actividad.

Independiente de la línea de tiempo, esta nueva revelación que sacude a Estados Unidos deja claro que el entonces candidato Trump le entregó una enorme responsabilidad a alguien sin las credenciales para ello y, lo que es peor, susceptible de chantaje. Muchos creen que si Manafort se decide a colaborar, los siguientes capítulos de esta historia tocarán a la campaña, sus miembros y aun al mismo Trump.

Ante esta nueva realidad, es imposible olvidar que Manafort, Donald Trump –el hijo– y Jared Kushner sostuvieron en días previos a las elecciones un encuentro similar al de Papadopoulos con una abogada rusa que también ofrecía información comprometedora sobre la aspirante demócrata.

Mucho se especula sobre lo que vendrá. Desde un rocambolesco pero factible (dado el talante del actual mandatario) perdón presidencial a Manafort por sus delitos federales (no cobijaría los estatales) hasta que el inquilino de la Oficina Oval despida a Mueller, lo cual detonaría una crisis política sin antecedente conocido en el país del norte.

De soplar con fuerza y sin descanso los vientos de crisis, no se descarta que Trump juegue la carta del nacionalismo, y para ello nada como agudizar la tensión y, por qué no, iniciar una confrontación con Corea del Norte.

Y la cereza del pastel de este nuevo conjunto de episodios que salen a flote es el hecho de que fue Manafort quien lideró el ascenso de Trump dentro del Partido Republicano. ¿Lo haría con una agenda oculta? ¿El tradicional partido lo sabía? Las respuestas a estas preguntas marcarán el siguiente capítulo de esta novela.

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Muller

El exdirector de FBI Robert Mueller quedó a cargo de la investigación sobre la relación entre el gobierno Trump y Rusia.

照片:

路透社

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