Donald Trump, con los senadores John Barasso (izda.) y Mitch McConnell, en el Capitolio (Washington DC).
Donald Trump, con los senadores John Barasso (izda.) y Mitch McConnell, en el Capitolio (Washington DC). REUTERS

El plan fiscal de Trump beneficiará a los ricos

El predecente de Reagan indica que bajar impuestos a ‘los del ático’ no beneficia a ‘los del sótano’

Estados y ciudades tendrán que recortar servicios públicos para compensar la pérdida de deducciones federales

Tres encuestas entre economistas de Bloomberg, el Wall Street Journal и Нью Йорк Таймс, y realizadas entre el 29 de noviembre y el 4 de diciembre dicen, en un 99% (en total, 100 economistas entrevistados, entre ellos, varios Nobeles como Stiglitz, Spence, Krugman y el último laureado, Thaler) que la reforma fiscal aprobada por la Cámara de Representantes de EE UU y la más recientemente el día 1 en el Senado –ahora hay que fusionar ambas versiones para elevar al presidente una sola propuesta para que la firme antes de fin de año– apenas influirá en crecimiento y empleo.

Motivos hay, dicen los economistas (33% de derechas, 33% de centro, 33% de izquierdas): Larry Summers sostiene “que no hay evidencia empírica que avale la tesis conservadora según la cual la reforma fiscal generará más crecimiento económico y más empleo”. Stiglitz defiende que, en vez de riqueza para todos, la reforma fiscal disparará la desigualdad social, tesis que expone repetidamente desde la Gran Recesión de 2007-2009 y sobre la que ha publicado tres libros: en el último (noviembre, 2017; Globalization and Its Discontents Revisited: Anti-Globalization in the Era of Trump) apunta al presidente como causante principal del aumento de la desigualdad. Agradezco la mesura de Krugman, quien sostiene que “la reforma fiscal no aumentará el PIB porque ya crecemos al 3% y tampoco el empleo, puesto que hay pleno empleo”.

Hay consenso, por tanto, entre una inmensa mayoría de economistas encuestados en que la tesis republicana (reforma fiscal equivale a crecimiento del PIB y del empleo) no se sostiene. ¿Qué piensa la población general –326 millones de americanos legales: los inmigrantes no existen–? La Universidad de Quinnipiac (Connecticut) hizo un sondeo, también entre el 29 de noviembre y el 4 de diciembre, en la que destacan dos resultados: el 53% de “potenciales votantes” no creen que la reforma fiscal vaya a estimular crecimiento y empleo y el 69% opinan que “solo beneficiará a los más ricos”.

Destaco lo de “potenciales votantes” porque, en noviembre de 2018, habrá elecciones al Congreso (Senado y Cámara de Representantes) y, hasta el día de hoy, los votantes de Trump penalizan al establishment republicano de Washington “porque obstruyen la agenda del presidente”. En un año, Trump no ha aprobado ni una sola ley. A estas alturas y en circunstancias muchísimo más difíciles, Obama ya había sacado adelante el 97% de su agenda, vía legislativa. En teoría, también Trump podría hacerlo, puesto que su partido controla las dos cámaras, pero ya hemos visto cómo la reforma de Obamacare quedó en el camino cuando se votó y la reforma fiscal en el Senado se aprobó por un solo voto a favor: 51 versus 49. Pírrica victoria.

Las opiniones son libres y también los republicanos tienen las suyas, opuestas a las más arriba mencionadas. Trump ha vendido la reforma fiscal como un gran logro de ingeniería social que espoleará el crecimiento, elevando el PIB a su prometido 4%, y generará más empleo. Su tesis, sin nombrar a su predecesor, se basa en la doctrina económica de Ronald Reagan denominada trickle down economics, según la cual si a las grandes corporaciones y fortunas se les baja los impuestos, reinvertirán el dinero en contrataciones, aumentos de sueldos, etc. Es decir, citando a Stiglitz: “Si a los que viven en el ático les va muy bien, la consecuencia directa es que les irá muy bien a los que viven en el sótano”.

En lo que a corporaciones se refiere, el impuesto de sociedades bajaría al 20% (del 35% actual, que en determinados casos llega al 39,7%). ¿Reinvertirán las empresas esos dineros en beneficio de sus empleados? Lawrence F. Katz, profesor de Harvard, explica que “la evidencia empírica nos dice lo contrario. Cuando Reagan bajó los impuestos fuertemente en 1984 y 1986, las grandes empresas aumentaron el reparto de dividendos a sus accionistas y llevaron el dinero a paraísos fiscales. Los salarios se mantuvieron como estaban”.

Trump y los republicanos deben ser conscientes de ello, puesto que, para animar a la repatriación de beneficios empresariales, la propuesta más plausible es un tipo impositivo del 10%. Con razón se ha dicho que los grandes beneficiarios de la reforma fiscal del presidente son las grandes empresas tecnológicas y los grandes bancos, con filiales en todo el mundo.

Mitch McConnell, a quien todos daban por muerto (metafóricamente) como líder del Senado debido a los continuos ataques de Trump (“por su incompetencia para sacar adelante mis leyes”), destaca que la reforma fiscal va orientada a mejorar la vida de la clase media y las pymes (90% del tejido empresarial americano; en España es el 99,88%). En 2018 y 2019 –proyecciones del Senado– el 63% de los contribuyentes pagarán menos impuestos. El 80% de las familias con la renta media (54.000 dólares anuales) verán rebajados sus impuestos. Y el 90% de los que ganan entre 500.000 dólares y 1 millón de dólares, también. Por eso Stiglitz, Krugman, Thaler y el 69% de americanos dicen que la reforma fiscal beneficia sobre todo a los ricos y grandes empresas, que son los que hacen donaciones en campaña electoral…

La filosofía de la reforma se inspira en la famosa frase de Reagan en su primera investidura: “El Gobierno es el problema, no la solución”. Los cálculos de Advice Strategic Consultants dicen que, en diez años, la reforma fiscal sumará 1 billón de dólares al déficit, habiendo descontado un aumento de riqueza de 500.000 millones. Si no, la deuda pública (hoy en 20 billones, equivalente al PIB) aumentaría en 1,5 billones. Los republicanos son conscientes de ello y, por tanto, cuelan en la reforma fiscal cuestiones como: la financiación de Obamacare, que dejará a 13 millones de personas sin seguro médico, y las deducciones fiscales federales para estados y ayuntamientos, que se verán obligados a recortar servicios públicos como sanidad, transporte público, educación y seguridad social.

Trump anunció el lunes su plan fiscal con la siguiente frase: “Creed en vosotros. Creed en vuestro futuro. Creed en Estados Unidos”.

Jorge Díaz-Cardiel es socio director de Advice Strategic Consultants. Autor de Trump, año uno

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