Foto: Salvatore Borsellino. (Foto: Victoria Herranz)
Salvatore Borsellino. (Foto: Victoria Herranz)

27.09.2017 - 005:00 H. - Atualizado 7 H.

El pasado 19 de julio se cumplieron 25 años desde que 100 kilos de dinamita acabaran con la vida del juez Paolo Borsellino y sus cinco escoltas en la via D’Amelio de Palermo, menos de dos meses después de que su colega Giovanni Falcone corriera la misma suerte en la carretera de Capaci. La agenda roja de Borsellino, la que custodiaba todos los secretos que había ido desvelando en sus investigaciones, fue rescatada de las llamas, pero desapareció poco después.

El hermano de Paolo, Salvatore Borsellino, no quiere que esa memoria se pierda, y asegura que aquellos atentados no fueron un simple arrebato de la Cosa Nostra. Tras ellos ve la sombra de la negociación Mafia-Estado, una serie de acuerdos del gobierno italiano con el crimen organizado que actualmente son objeto de investigación por parte del magistrado Nino di Matteo, en medio de polémicas y amenazas de muerte.

Salvatore ha impulsado en el barrio palermitano de la Kalsa el centro social Casa di Paolo, y se halla a la cabeza de Agendas Rojas, un movimiento social que exige verdad y justicia en relación con los atentados. De un sorprendente parecido con Paolo, a sus 75 años exhibe un vigor sorprendente y presume de poder recitar de memoria a García Lorca, “pero no el de Poeta en Nueva York, sino el del Romancero gitano. Ése es el que me gusta”.

PREGUNTA: Tras el asesinato de su hermano, usted permaneció mucho tiempo callado. ¿Puede explicar aquel silencio y sua vuelta al activismo?

RESPUESTA: Me marché de Palermo a los 27 años, creyendo que así perdería de vista todo lo que odiaba, este cáncer que castigaba las regiones del sur: mafia, ‘Ndrangheta, Sacra Corona Unita, Camorra…. Pero el cáncer ha hecho metástasis, y ahora me lo encuentro allí donde voy, porque la mafia se ha globalizado, ha llegado a todas partes, con todo lo que comporta: la mentalidad, la infiltración en la administración pública. Hasta que mataron a mi hermano, yo creí haber elegido bien, e incurría en el mismo error que la mayoría: “¿Por qué nos hablan de todo esto? ¡Si son problemas del sur!”. Pero no es así. Son de todo el país. Estuve cinco años, tras la muerte de mi hermano, obedeciendo lo que me dijo mi madre: “No dejéis morir el sueño de Paolo, porque mientras se hable de Paolo, él seguirá estando vivo”. Lo hice, hablaba de esperanza, porque creía que la muerte de Paolo ayudaría a cambiar las cosas. Parecía que el Estado también estaba cambiando, los mafiosos eran llevados a cárceles donde se interrumpía para siempre el contacto con el exterior. Todavía no había entendido que mi hermano no había sido asesinado tanto por la mafia, como por piezas desviadas del Estado.

P: ¿Cómo cambió su comprensión del asunto?

R: Poco a poco vi que volvía la indiferencia. Y que el Estado empezaba a pagar su parte en la Negociación, verdadera causa de la muerte de mi hermano. Paolo fue asesinado aprisa, y sobre todo era necesario hacer desaparecer la agenda roja. Si aquella agenda hubiera salido a la luz, su muerte no habría servido de nada. Eran dos cosas que tenían que venir juntas, también para impedir que fuera a declarar a Caltanisetta sobre el atentado de Falcone en Capaci. Decía: “Yo soy un testigo del asesinato de Capaci, y espero ser llamado por la autoridad judicial para testificar lo que sé”. Paolo trabajaba hombro con hombro con Falcone, había leído su diario, que desapareció también.

P: También escribía su diario el general Carlo Alberto Dalla Chiesa, y también desapareció después de ser asesinado.

R: Sí, fue extraído de la caja fuerte de la prefectura, mientras era ya un cadáver junto con su mujer. Es una constante de estos asesinos, la desaparición de documentos…

P: Y usted abandonó la lucha…

R: Mi madre, a la cual yo me sentía ligado por una promesa, muere en 1997. Pero sobre todo había perdido la esperanza, y no me sentía con el derecho de hablar en nombre de mi hermano. Cuando Paolo escribe su última carta a las 5 de la mañana del 19 de julio, sus palabras parecen las de un loco, una persona que sabe casi que ese es el día en que lo matarán y aún así se muestra optimista. Yo, si ya no tengo esperanza, pensaba, ¿cómo puedo seguir hablando de él?

Policías italianos examinan el vehículo quemado del juez Paolo Borsellino, asesinado con un coche bomba en Palermo el 19 de julio de 1992. (Reuters)
Policías italianos examinan el vehículo quemado del juez Paolo Borsellino, asesinado con un coche bomba en Palermo el 19 de julio de 1992. (Reuters)

P: ¿Y su regreso, a qué se debió?

R: Empecé a leer, a intentar entender, a buscar información en internet, cosas que la información oficial no daba… Creé una web donde fui depositando todos los documentos recogidos. Me di cuenta de que aquel no había sido un atentado de la mafia, sino de Estado. Y empecé a hablar de nuevo. Pero esta vez con rabia. Y me di cuenta de que la única manera de encontrar a gente que luchara junto a mí eran las redes. Así se constituyó la base del movimiento Agendas Rojas, en torno a gente que compartía mi lucha, no solo por la memoria de Paolo, sino por la verdad de aquellos atentados y de otros que fueron necesarios para continuar con la Negociación Estado-Mafia.

P: ¿Existe el riesgo de manipulación de la memoria de Falcone y Borsellino por parte de los distintos poderes?

R: Existe. Yo he debido combatir contra la derecha, que ha tenido la tentación de apropiarse de la memoria de Paolo. En efecto, Paolo era un hombre de derechas, pero de una derecha que ya no existe en Italia. Y Falcone era de izquierdas, y se daba el extraño caso de que trabajaban juntos. Paolo se proclamaba monárquico. De pequeño había adquirido ese sentimiento monárquico de la familia, de mi madre. Empezó militando en el partido monárquico, que luego desapareció, y luego en el FUAN [Fronte Universitario di Azione Nazionale], el movimiento universitario de derechas. Estaba cercano a los ambientes de derechas, pero a la derecha “avanzada”, no a aquella derecha subversiva.

P: ¿Y cómo funciona esa manipulación hoy?

R: Están aún hoy intentado convertirlos, tanto a él como a Borsellino, en dos héroes, iconizándolos de tal manera que la gente tenga que decir: “Ah, si ni siquiera ellos pudieron, ¿qué podemos hacer nosotros?” Cuando la gente debe entender que si todos intentamos hacer algo, no hacen falta héroes. Quieren convertirlos en recuerdos cristalizados, no en una memoria de lucha.

P: ¿Se debe a eso que haya dos manifestaciones distintas el 19 de julio?

R: Hacemos la manifestación de Agendas Rojas, en la cual ocupamos Via d’Amelio para evitar que las instituciones vengan hipócritamente a llorar a una persona que una parte desviada de esas instituciones ha hecho desaparecer… Luego está la manifestación de la derecha, por la tarde, a la que acuden muchos palermitanos que ni siquiera saben que aquello lo organizan partidos de derechas. Nosotros organizamos la nuestra para evitar que los políticos vengan a hacerse la foto.

P: Falcone y Borsellino eran grandes amigos. ¿Por qué la memoria de ambos tampoco va de la mano?

R: Hay una manera diferente de gestionar la memoria. Maria Falcone [hermana del juez Falcone] está más cerca de las instituciones. Gestiona la memoria de su hermano de otra forma, invita a políticos independientemente de su procedencia… Yo, como hermano de Paolo, entiendo su memoria de otra manera. Los hijos de Paolo se han alejado de todo tipo de conmemoración.

P: Cosa Nostra ha estado 150 años intentando acercarse al poder político…

R: No intentándolo. Consiguiéndolo siempre. Yo me fui de Palermo porque el alcalde era un político mafioso, Vito Ciancimino. La mafia allí se respiraba, se veían los muertos en las calles, decenas. La familia de Corleone estaba intentando ocupar el lugar de la vieja mafia de Palermo, que al final fue prácticamente exterminada… Del otro lado, magistrados, policías, a menudo aislados, que intentaban combatir este cáncer. Uno tras otro iban muriendo, precisamente porque el Estado los dejaba solos. Dalla Chiesa, mientras tuvo que combatir el terrorismo, recibió todas las herramientas por parte del Estado. En cambio, cuando vino a Palermo a combatir a la mafia, no tuvo ninguna. El Estado desviado mata de esta manera, dejando solas a las personas, que es como dar vía libre a la mafia para poder eliminarlas.

Una de las 'Agendas Rojas' que enarbola el movimiento de Borsellino (Foto: Victoria Herranz)
Una de las ‘Agendas Rojas’ que enarbola el movimiento de Borsellino (Foto: Victoria Herranz)

P: ¿Quién busca a quién, la política a la mafia, o al revés?

R: Se necesitan mutuamente, es una simbiosis. Hubo un periodo en que la mafia buscaba a la política, luego se invirtió. Hoy la mafia gestiona directamente la política. [Marcello] Dell’Utri es el claro ejemplo de un mafioso metido en política. Y Forza Italia nació así. En aquella época se quería hacer un partido en Sicilia, que se habría llamado Sicilia Libera, y era [el mafioso Leoluca] Bagarella quien tenía que poner en marcha ese partido… Luego llegó Dell’Utri y dijo que no hacía falta, porque los empresarios del norte ya estaban poniendo en marcha un nuevo partido que podían sustituir a lo que primero habían hecho los democristianos y después los socialistas en la relación entre política y mafia.

P: ¿Siempre ha sido igual la relación entre mafia y Estado, o ha habido una evolución?

R: Hubo evolución, también en el concepto. Andreotti estuvo de acuerdo con la mafia, la favoreció. Era un democristiano, un anticomunista. Y la mafia, en Sicilia, ha sido la guarnición de la CIA para combatir al comunismo. Durante la ocupación americana, los representantes de las familias mafiosas emigradas a América se enviaron a preparar el terreno. Cuando se completó la ocupación de Sicilia y los americanos comenzaron a subir por el continente, se dejó al frente de todas las administraciones sicilianas a los representantes de aquellas familias. Esto luego se perpetuó en las relaciones con la democracia cristiana. De la mafia siciliana, la corriente andreottiana cogía los votos para poder gobernar en el resto del país. Este es el origen.

P: ¿Y Silvio Berlusconi?

R: Lo de Berlusconi es distinto. El acercamiento a la mafia fue empresarial, más que nada. Al principio, el contacto de Berlusconi con la mafia nació con la antena de Canale 5, quería ponerla aquí, en el monte Pellegrino, y no se podía si la mafia no daba el permiso. Luego Berlusconi pensó que con la mafia se podían hacer negocios. Las viejas familias mafiosas palermitanas, los Bontate y otras, invirtieron notables capitales en lo que fue el ascenso de Berlusconi, en aquellas ciudades que levantó en el norte, como Milano Due… Cuando empezó a predominar la mafia corleonesa, [Totò] Riina o [Bernardo] Provenzano, Berlusconi, como buen empresario, supo de qué lado ponerse. A través de Dell’Utri se pasó a aquel bando. Y pusieron bajo la tutela de Berlusconi a [el mafioso Vittorio] Mangano, que en teoría hacía de mozo de cuadra suyo, aunque, como decían algunos, Mangano ni siquiera sabía cuántas patas tiene un caballo. En el lenguaje mafioso, los caballos eran las partidas de droga que había que entregar. Como dijo mi hermano en aquella entrevista antes de morir: “Mangano hablaba de un caballo que había que entregar en el hall de un hotel. Yo no he visto nunca entregar a un caballo en un hall de hotel…”. Paolo seguramente estaba investigando estos contactos entre la mafia y los empresarios del norte, no solo Berlusconi…

P: Que Bernardo Provenzano muriera sin hablar, ¿ha sido una victoria más de la Negociación mafia-Estado?

R: Yo no creo que Provenzano haya muerto de forma natural, sino que le han acelerado su final en un momento en que se especulaba con la posibilidad de que hablara. ¿Sabes qué es el Protocolo Mariposa? Los organismos que gestionan la cárcel tenían establecido que si un detenido mafioso manifestaba la voluntad de colaborar con la justicia, no había que avisar a la magistratura, sino a los servicios secretos. Así podían intervenir antes de que la magistratura estuviera al corriente. Yo creo que Provenzano habría manifestado de alguna manera la posibilidad no de arrepentirse, pero sí de colaborar con la justicia para obtener algún beneficio para sus hijos. Los mafiosos no aceptan la posibilidad de morir en la cárcel y piensan en la propia familia. No les importa estar en la cárcel, basta con que esta cárcel no sea de por vida. El mafioso quiere morir en su cama.

P: ¿Y cómo cree que eliminaron a Provenzano?

R: Se sucedieron varios episodios. Primero lo encontraron con una bolsa de plástico en la cabeza, dijeron que era un intento de suicido. Luego el hijo y el abogado empezaron a decir que estaba lleno de moratones, a causa de una caída de la cama, pero las camas eran muy bajas, sobre todo desde el 41bis [el régimen carcelario destinado a forzar la confesión de mafiosos]. Yo creo que de alguna manera “aceleraron” su muerte y lo dejaron en condiciones de no poder hablar hasta que muriese.

P: Totò Riina, ¿hablará algún día?

R: Él es más astuto, ha mandado mensajes en clave, como que él no puede ser el pararrayos de todo lo que sucede en Italia. A primeros de año dijo a través de su abogado que estaba dispuesto a responder a las preguntas del fiscal, algo que hasta ahora siempre había rechazado. Luego se presentó en la Audiencia y dijo: “No, no me siento bien, no estoy en condiciones de contestar. Cuando me sienta mejor, responderé”. Esto significa: “Hacedme estar mejor, y podré colaborar”. Y el Estado desviado, que conoce perfectamente los mensajes mafiosos, ¿cómo le responde? Con señales. Se hablaba de que, por sus problemas de salud, Riina pudiera salir de la cárcel… Algo que es totalmente imposible. A menos que quieran hacer este intercambio a la luz del sol. Porque la cadena perpetua de Riina no es una, son 16 o 17. Además, es una cadena perpetua que no permite ningún beneficio. Morirá seguramente entre rejas.

P: Nino di Matteo, ¿es el sucesor natural de Falcone y Borsellino?

R: Seguramente está haciendo casi lo imposible para investigar el proceso de la Negociación, por lo que está sufriendo ataques de todo tipo. No diría que como magistrado esté a la altura de Paolo y Giovanni, es difícil llegar a esa altura. Eran dos entre cientos, y por eso los asesinaron.

Manifestantes antimafia enarbolan una foto de Paolo Borsellino, en Nápoles, marzo de 2009. (Reuters)
Manifestantes antimafia enarbolan una foto de Paolo Borsellino, en Nápoles, marzo de 2009. (Reuters)

P: ¿No cree que pretendan matar a Di Matteo?

R: Con Nino di Matteo han decidido usar otro método, intentar deslegitimarlo, arrinconarlo, hacer circular amenazas de muerte para estresarlo… ¿A quién le interesa matar a Di Matteo? ¿De dónde vienen esas amenazas de muerte por boca de Totò Riina? ¿Quizás incluso sabía que estaba siendo interceptado? No, no es a Riina a quien le interesa eliminar a Di Matteo. Al final, la Negociación es para la mafia una cosa normal, siempre ha negociado con el Estado, ha sido elevada a la categoría de Estado con la Negociación. Es el Estado quien ha aceptado negociar con el Antiestado. Cuando no puedan negar ya más la existencia de la Negociación, entonces dirán que era necesaria, que había que sacrificar la vida de un representante de Estado como Borsellino para poder llegar a esa Negociación, como un mal menor. Ya hay estudiosos que sostienen esa tesis.

P: ¿Cómo se explica el silencio general en torno a Di Matteo y las gravísimas acusaciones que ha lanzado?

R: El silencio es la manera de eliminarte. Si una cosa no se oye, no existe. Si no se dan noticias del terremoto de Ischia, simplemente no habrá ocurrido. Un 90 por ciento de las informaciones italianas está de acuerdo en que no se debe hablar de la Negociación. ¿Por qué? ¿Por qué de todos los asesinatos que ha habido en Italia, solo del caso de Meredith Kercher se habla continuamente en televisión? Porque así el gobierno puede hablar de seguridad, de las medidas que pone en marcha.

P: ¿A nadie le parece escandaloso el silencio del gobierno de la República?

R: Hemos tenido un presidente de la República, Giorgio Napolitano, que era el garante del silencio sobre la Negociación, y por ello fue elegido para un segundo mandato. Y en aquellas llamadas de teléfono que fueron interceptadas y que Napolitano mandó destruir, éste aseguró a [Nicola] Mancino la impunidad. Lo puedo decir en voz alta, y nadie puede desmentirme. Porque he escuchado las grabaciones.

P: ¿Aunque fueran destruidas las pruebas?

R: La destrucción de esas interceptaciones es una herida al prestigio de nuestras instituciones. ¿Por qué no mandaron destruir otras grabaciones en las que también estaba él? Él lo sabe todo de la Negociación. Y es el garante del silencio.

P: ¿Podemos esperar justicia, siendo realistas?

R: Tenemos que luchar aún más. Estamos haciendo lo posible, hay que hacer lo imposible. Si la justicia no nos la da el Estado, la tenemos que conseguir nosotros. Nos dejan a los familiares de las víctimas el honor de pedir verdad y justicia en este país.

P: ¿Se ha sentido alguna vez aislado en su lucha?

R: Por parte de los representantes del Estado y de los órganos de información, sí. De la gente con la que me encuentro, no. Convoco muchos encuentros con gente en toda Italia y siento a la gente muy cercana, sobre todo a los jóvenes. Encuentro a muchos que ni siquiera habían nacido cuando Borsellino fue asesinado y que son capaces de escucharme durante tres horas en silencio absoluto, con atención. Yo no voy allí a darles nada, voy a recibir. A coger fuerzas para seguir luchando.

P: ¿No ha perdido, entonces, la confianza en la gente?

R: Tengo una gran fe en los jóvenes. En la sociedad siciliana no, en los jóvenes sí.

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