Foto: El líder de AfD Joerg Meuthen saluda a simpatizantes en un mitin de campaña en Pforzheim, Alemania. (Reuters)
El líder de AfD Joerg Meuthen saluda a simpatizantes en un mitin de campaña en Pforzheim, Alemania. (Reuters)

27.09.2017 - 005:00 H. - Atualizado 7 H.

Casi seis millones de personas votaron ultraderechista el pasado domingo en Alemanha. Más concretamente, el jovencísimo partido ultraderechista Alternativa para a Alemanha (AfD) recibió 5.316.069 primeros votos a candidatos directos al Bundestag y 5.877.094 segundos votos a sus listas por distrito. AfD obtuvo el 12,6 por ciento del total de los sufragios escrutados y será así la tercera fuerza del Bundestag. Si alguien tenía dudas sobre la seriedad de la amenaza que supone esta opción ultra para el país más poblado y rico de la Unión Europea, los resultados de las elecciones federales alemanas se las habrá acabado de despejar.

Tras las elecciones, ciudadanos alemanes han llenado las redes sociales con menciones sobre cuántas personas votaron a AfD en sus barrios, en sus distritos y en sus ciudades, en definitiva, en su contexto más cotidiano. Y es que, efectivamente, los votantes de la formación ultranacionalista, xenófoba y revisionista de la historia alemana están en todos lados. Incluso en Neukölln, el distrito berlinés con más migración, AfD recibió el 11 por ciento y en Berlín, la cosmopolita y liberal capital alemana, el 12 por ciento. Estos resultados electorales son la prueba inequívoca de que algo se ha roto en el tablero.

Llegados a este punto, y para entender mejor el ‘fenómeno AfD’, conviene preguntarse: ¿quién vota a AfD? ¿Cuál es el perfil predominante entre su electorado? ¿Es un partido exclusivamente de pobres, de viejos y de germanoorientales? ¿De qué caladeros electorales se alimenta el partido ultraderechista? Nada mejor que echar un vistazo a las cifras para saberlo.

Terremoto transversal

o transversalidad del joven partido ultraderechista queda plasmada de una manera inmejorable en los trasvases de votos ocurridos en las elecciones alemanas del pasado domingo. Si comparamos los resultados de las elecciones de 2013 y las del pasado domingo, vemos que AfD recibió el apoyo de más de un millón de exvotantes de la CDU de Merkel, de medio millón de exvotantes socialdemócratas del SPD, de más de 400.000 de exvotantes de La Izquierda, de 120.000 exelectores de los liberales de FDP e incluso de 40.000 de antiguos votantes de los ecoliberales de Los Verdes. Los ultraderechistas consiguen además movilizar a casi millón y medio de abstencionistas, y 130.000 nuevos votantes. El terremoto ultra no deja intacto ni uno solo de los caladeros del tablero político alemán.

No, AfD no es un partido exclusivamente votado por viejos o jubilados. Casi la mitad de los electores que apostaron por los ultraderechistas el pasado domingo se encuentran en la franja de edad que va de los 25 a los 59 años. Como apuntaba un reciente informe de la Fundación Hans Böckler, dependiente de la principal sindical del país, la edad media del votante de AfD roza los 48 años. Los ultras reciben, por tanto, votos de todos los grupos de edad, y casi la mitad de sus votantes se encuentran en la plenitud de la vida.

Mucho se ha escrito, hablado y especulado sobre el apoyo a los ultras alemanes por parte de la población más pobre y excluida, de los desempleados, de los bautizados como “perdedores de la globalización”. Parece una explicación fácil, pero no sirve para entender el factor AfD. Si bien es cierto que el 22 por ciento de los votantes reconoce estar en paro, la mayoría de los electores de AfD la conforman trabajadores (21 por ciento), funcionarios (10 por ciento) o autónomos (12 por ciento).

Estas cifras parecen confirmar una hipótesis sobre el factor AfD: más que aquellos que se han quedado fuera del mercado laboral y del sistema económico, es la clase media y asalariada la que fundamentalmente aglutina el electorado de AfD. El miedo a la pérdida de estatus social, alimentado por el creciente sector del precariado en el modelo económico alemán, podría estar detrás. Ese miedo lleva a mucha gente a apostar por un mensaje viejo, pero que parece seguir teniendo efecto: para asegurar el bienestar nacional hay que cerrar las fronteras o el extranjero te lo robará; para mantener tu bienestar, vota contra el de fuera.

Queda, por tanto, desmontado otro mito sobre la nueva ultraderecha alemana: no, AfD no es un partido de pobres. Si bien es cierto que buena parte de su electorado procede de capas asalariadas con sueldos mensuales de 1.500 euros o menos, también lo es que AfD no es un fenómeno político exclusivo de segmentos sociales con bajos ingresos. Bien al contrario, un 76 % de los votantes del partido ultraderechista se considera clase media y un 33 % asegura ingresar entre 1.500 y 2.500 euros mensuales, como apunta el mencionado informe de la Fundación Hans Böckler.

Sin el inestimable apoyo de la pequeña burguesía e incluso de importantes empresas familiares alemanas con una fuerte orientación al mercado interior (y no a los mercados exteriores a través de la exportación) que ponen en entredicho las políticas de rescate del euro a toda costa impulsadas por el Gobierno de Merkel, AfD no habría llegado hasta donde ha llegado. AfD es, en definitiva, un fenómeno transversal también en la dimensión socioeconómica.

¿Es AfD un fenómeno germanooriental?

Alternativa para Alemania obtiene sus mejores resultados en los Estados de la desaparecida República Democrática Alemana. En las regiones orientales del país, los resultados de AfD doblan sus resultados en los Estados occidentales. En los cincos Estados orientales, los ultraderechistas rondan el 20 por ciento de los votos, y en Sajonia, incluso son la fuerza más votada con el 27 por ciento. AfD se ha convertido en la segunda fuerza más votada en Alemania del Este, por delante de la socialdemocracia.

Pero sería falso sentenciar que Alternativa para Alemania es un partido exclusivamente circunscrito a los territorios germanoorientales. AfD ha superado con holgura la barrera electoral del 5 por ciento en todos los Estados occidentales, y en cinco de ellos, alcanza resultados de dos dígitos. Mención especial merecen los Estados sureños de Baden-Württemberg y Baviera, muy prósperos y con desempleos técnicos; en los dos, AfD supera el 12 por ciento de los votos. El partido ultraderechista es un fenómeno que, definitivamente, salta la antigua frontera entre las dos Alemanias.

Como queda demostrado en los datos electorales, AfD es el partido ultraderechista más exitoso de la historia de la República Federal de Alemania precisamente porque cuenta con un voto transversal que le permite recibir el apoyo de personas que nunca militaron en el neonazismo ni tuvieron que ver con la ultraderecha. Su impresionante transversalidad electoral, en la que destaca un mayor voto masculino que femenino, es la clave de su éxito.

La diversidad de los perfiles de los que se nutre AfD sí ofrece, sin embargo, unos denominadores comunes claves: el miedo al futuro y a la pérdida de estatus social, y el escepticismo respecto a la actual clase política alemana. La inmensa mayoría de votantes de AfD, más allá de su procedencia, edad o ingresos, cree que con el actual liderazgo del país su vida empeorará irremediablemente. Por ello votan a AfD: porque creen que es la única opción real de mantener lo conseguido. Esa es la base de la revolución hiperconservadora, ultranacionalista y de tintes xenófobos con la que AfD anhela llegar algún día al poder en Alemania.

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