Un estudio del Departamento de Genética, Antropología Física y Fisiología Animal de la UPV/EHU (España) y la School of Archaeology de la Universidad de Oxford mide los isótopos estables de carbono y nitrógeno de los huesos de inhumados en dólmenes y cuevas, para poder establecer su dieta y obtener, de ese modo, información sobre la estructura social y el tipo de sociedad de la Rioja Alavesa en el Neolítico final y el Calcolítico inicial.

La investigadora Teresa Fernández-Crespo, autora principal de este estudio, había encontrado en un trabajo anterior diferencias demográficas entre las personas enterradas en dólmenes y las enterradas en cuevas: mientras que en los dólmenes abundaban los adultos masculinos, en las cuevas eran más frecuentes los niños y las mujeres. Esta variabilidad funeraria es común a todo el continente europeo, aunque “rara vez se ha investigado de manera sistemática”, explica la investigadora.

Mediante este estudio, han querido ir más allá y “conocer el posible significado de las diferentes prácticas funerarias en un espacio-tiempo muy restringido, para ver si podía haber una diferencia en la dieta de los enterrados en los megalitos y en las cuevas”. La clave está en que la dieta, aparte de responder a una necesidad fisiológica, “es también un comportamiento cultural y social condicionado por diversos parámetros. Por ello, sabíamos que a través de los patrones de alimentación podríamos entrever algo de la estructura social y del tipo de sociedades que se enterraban en esos lugares”, aclara.

El análisis se ha centrado en restos de la Rioja Alavesa, que “es una región incomparable donde las cuevas y los dólmenes se encuentran muy cerca, a una distancia media de 10 km. Gracias a las dataciones disponibles, hemos podido distinguir los momentos neolíticos finales y calcolíticos iniciales de los dólmenes, para poderlos comparar con las secuencias de las cuevas que corresponden a ese mismo periodo”.

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Uno de los dólmenes analizados, situado en Elvillar (Araba). Al fondo, la sierra de Cantabria, donde se encuentran las cuevas incluidas en el estudio. (Foto: Teresa Fernández-Crespo / UPV/EHU)

El trabajo ha consistido en medir los isótopos estables de carbono y nitrógeno sobre colágeno óseo. “Estos isótopos se utilizan para intentar reconstruir la dieta del pasado. Y es que la composición de los huesos humanos proviene de la ingesta alimentaria del individuo durante cerca de la última década de su vida, porque el tejido óseo se va remodelando. No en vano, ‘Somos lo que comemos’, ya que, al final, todo lo que consumimos se va incorporando a nuestros tejidos”, afirma Fernández-Crespo.

Los resultados muestran que los individuos llevaban una alimentación basada en “plantas de tipo C3, como cereales que ya eran cultivados en aquella época, con una contribución de animales terrestres, en su mayoría domesticados (cabras, ovejas, vacas). Esta parece ser la dieta general de ambos tipos sepulcrales”. Pero, en realidad, el hallazgo más importante es la diferencia significativa en los valores de los isótopos de carbono entre cuevas y megalitos.

Se plantean dos posibles interpretaciones para explicar esta diferencia. “La primera sería que esta divergencia refleja un uso diferenciado de unas comunidades que practican rituales funerarios diferentes y a su vez siguen distintas economías de subsistencia debido al uso de diferentes áreas de explotación: en el caso de las cuevas, las faldas de la sierra de Cantabria, y en el caso de los dólmenes, las zonas más abiertas del valle”, apunta la investigadora.

En cuanto a la segunda opción, “también sería posible que las divergencias en los valores isotópicos del carbono surgieran en una misma comunidad, que fueran todos parte de un mismo grupo donde hubiera una especialización económica. Es decir, que, por ejemplo, un sector de la población estuviera más dedicado al pastoreo en la sierra y otro a la agricultura en el valle, o que hubiera diferencias socioeconómicas que se plasmaran en el acceso preferencial a las zonas más fértiles o a ciertos alimentos. Podría ser que los depositados en las cuevas tuvieran un estatus menor y que su acceso a los mejores terrenos para la agricultura se viera más restringido, y, sin embargo, los enterrados en los megalitos, cuya construcción requiere una considerable inversión de trabajo, tuvieran acceso a mejores tierras (más abiertas, más fértiles…)”.

De cara al futuro, se plantean otras vías de investigación para saber “hacia qué hipótesis deberíamos decantarnos”. Para ello, se plantea un análisis de isótopos de estroncio y oxígeno, que permite valorar la movilidad de estas poblaciones, “ya que algunos autores sugieren que durante el Neolítico final y el Calcolítico inicial esta región estaba muy densamente poblada, posiblemente por la llegada de población foránea. Así, los que están ocupando uno u otro tipo sepulcral podrían ser quizá poblaciones llegadas desde fuera”, comenta Fernández-Crespo.

Por otro lado, se ha iniciado una investigación basada en análisis secuenciales de isótopos de carbono y nitrógeno sobre la dentina de los dientes. “Si los huesos se remodelan y solo enseñan la señal de los últimos diez años de vida de los individuos, en los dientes queda grabada la señal isotópica de carbono y nitrógeno del momento en que se formaron. Este estudio podría revelar si las diferencias entre las personas enterradas en dólmenes y cuevas surgen desde el nacimiento (dos poblaciones que hacen algo diferente) o si se adquieren con el tiempo, lo cual nos haría pensar que están más relacionadas con el estatus alcanzado por cada individuo”, explica Teresa Fernández-Crespo.

Teresa Fernández-Crespo ha llevado a cabo este estudio en la Unidad de Formación e Investigación en Cuaternario: Cambios Ambientales y Huella Humana de la UPV/EHU. Parte del estudio se ha realizado en el Research Laboratory for Archaeology and the History of Art, School of Archaeology, de la Universidad de Oxford, mediante una beca postdoctoral del Gobierno Vasco. (Fuente: UPV/EHU)

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