El hecho de que el trabajo para siempre se acabó (y de que estaremos activos más años), lleva a pronosticar que tendremos varios empleos en una sola vida profesional, y habrá que adaptar la carrera a esto.

Cambiar de profesión es duro, solitario, abrumador y costoso. Según una encuesta de Investec, en mercados como el británico más de la mitad de profesionales se plantean cambiar de profesión en los próximos cinco años. Un estudio de LinkedIn en Estados Unidos revela que los trabajadores jóvenes cambian de trabajo -aunque no necesariamente de profesión- unas cuatro veces en los diez primeros años posteriores a su graduación. Gracias a la automatización y al poder de la globalización, la vida laboral es temporal e impredecible, y esta situación no tiene visos de cambiar.

En la actualidad, podríamos vivir el periodo más estimulante en décadas para que los graduados en estudios de negocios inicien su carrera, sobre todo en el caso de los que han cursado programas multidisciplinares como másteres en gestión. Estos graduados podrían optar por un trabajo bien remunerado en el sector financiero y, si tienen suerte, progresar deprisa ya entrados los 20 años antes de tocar techo profesional a los 40. Si no tienen tanta suerte, serán eliminados por la automatización.

Otra posibilidad es que elijan tomar una decisión a largo plazo, fruto de un criterio racional frente a la amenaza de la inteligencia artificial, y opten por un camino más lento, como crear una empresa, y ver si funciona.

La estabilidad en el empleo ha dejado de existir y tendremos una media de hasta 10,5 trabajos

Sin embargo, también pueden escoger una opción intermedia, lo que parece ser la opción más segura. Hace poco, conocí a una mujer de unos 50 años que había tomado esta decisión. Dentro de poco se licenciará como abogada, completando así la que será su cuarta carrera, y estaba buscando un trabajo a largo plazo. Pero es un caso aislado excepcional entre su generación, ya que la gente de su edad, que en su mayoría fue fruto del baby boom, está pensando en jubilarse.

Al principio de su carrera, cuando tenía unos 30 años, empezó trabajando en el sector de los museos y llegó a ser conservadora de exposiciones en importantes galerías de Londres y Berlín. Pero la conservación, según explicó, es una profesión precaria. Por ello, a los 40 años, empezó a enseñar a los estudiantes de arte la realidad que había detrás de la figura del emprendedor, y esto derivó en una fascinación por las leyes de la propiedad intelectual.

A los 46 años, empezó su formación jurídica y, años más tarde, es becaria en una boutique de la City de Londres especializada en la propiedad intelectual. Dentro de un año aproximadamente, estará cualificada. Le pregunté por qué había reiniciado su carrera profesional tantas veces y me respondió que la incertidumbre había sido un incentivo para ella, pero que el principal aliciente había sido el de satisfacer su curiosidad. Una disciplina y una carrera no eran suficientes en un momento dado, y mucho menos en toda una vida profesional.

La seguridad económica no era algo que le quitase el sueño. No había tiempo para eso, ya que estaba demasiado ocupada pensando en su siguiente paso. Sólo pensaba en la mejora constante: “Para mí, es una forma ejemplar de enfocar la vida profesional”.

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