A partir de Crac de la Bolsa de 1929 y a lo largo de gran parte de la década de 1930 los Estados Unidos vivieron una de sus peores crisis económicas de la Historia o al menos esa es la sensación que daba al leer la prensa o ver las largas colas de desempleados frente a la oficinas de empleo o acudiendo a los comedores sociales.

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Pero la crisis no solo afectaba a la economía de los estadounidenses sino que también lo era política. El recién elegido presidente Herbert Hoover, quien empezó el mandato el 4 de marzo de 1929 (por aquel entonces la toma de posesión no se realizaba el 20 de enero) realizó una tan nefasta gestión que provocó que en tan solo unos meses la boyante economía norteamericana se fuera al traste.

Pero desde las instituciones gubernamentales se quería evitar que cundiera el pánico entre la población, motivo por el que se trazó un plan para ‘disfrazar la realidad’ y tratar de convencer a la ciudadanía de que no estaban tan mal como parecía y que, en el fondo, eran afortunados por vivir en ‘el país de las oportunidades’.

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De repente empezaron a aparecer carteles publicitarios que mostraban familias felices. En las películas que se rodaban, por muy mal que les fueran las cosas a los protagonistas, éstos tenían un hogar, automóviles y se les veía sonrientes en un buen número de escenas.

No solo se trataba de vender este mensaje tergiversado de la realidad a los estadounidenses, sino también al planeta entero, ya que gran parte de la economía mundial dependía de cómo le iba a los EEUU.

Vallas publicitarias anunciando urbanizaciones residenciales en las que se veía a una sencilla familia viviendo en una de esas casas, individuos felices mientras degustaban un refresco de cola o fumando una de las marcas más populares de tabaco. Amas de casa risueñas que esperaban a su esposo, quien llegaba al hogar tras una larga y agotadora jornada de trabajo y que, además, lo hacía con una amplia sonrisa.

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Toda una estudiada campaña de marketing con la que vender la falsa realidad de que todo estaba bien en los Estados Unidos.

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A destacar también los concursos radiofónicos que se pusieron muy de moda y en los que se ofrecía un codiciado premio al primero que llegase a la emisora (ya fuera disfrazado de algo en concreto, portando un objeto determinado o para realizar alguna cosa como cantar, bailar…). Este modelo de concurso se importó a un gran número de países.

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Y, cómo no, una de las cosas que más éxito tenía eran los concursos de baile. No ganaba la pareja que mejor supiese bailar sino la que más resistencia tuviera. Maratones de bailes que podían alargarse hasta el día siguiente sin parar a descansar ni un solo minuto. El suculento premio en metálico (que solía superar los mil dólares, una auténtica fortuna para la época), además de las comidas y bebidas que iban recibiendo los participantes durante la jornada, hacía que fueran centenares las parejas que se inscribían cada vez que se ponía en marcha uno de estos certámenes.

La película, rodada en 1969, ‘They Shoot Horses, Don’t They?’ (que en España se tituló ‘Danzad, danzad, malditos’) está basada en uno de estos concursos de baile de la década de 1930.

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Uno de los directores que realizó gran parte de su carrera cinematográfica durante los años de la Gran Depresión era Frank Capra, quien supo dotar hábilmente todas sus películas con cierto sentido de optimismo y una moraleja final. Una de ellas fue el film ‘American Madness’ (La locura del dólar) rodada en 1932 y centrada en aquellos años de crisis. La trama explica las dificultades por la que atraviesa un banco (con robo de dinero incluido) pero el buen corazón de los amigos del director de la entidad bancaria hace que éstos ingresen todo sus ahorros allí y consigan que no llegue a la bancarrota.

Este tipo de argumentos fueron muy populares durante aquellos años y se trataba de dar unas lecciones de optimismo al público para que estos acabaran convenciéndose que, a pesar de la crisis, eran más afortunados de lo que creían.

fontes de referência e imagens: mashable / envisioningtheamericandream / pinterest

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