La brecha entre el mundo académico y la realidad del mercado laboral lleva a que las empresas tengan que hacer grandes esfuerzos para adecuar los perfiles profesionales a necesidades muy concretas. Universidad, organizaciones y empleadores están inmersos en una revolución.

Las profesiones de la clase media desaparecerán”… Este pronóstico de Kevin Hallock, profesor de economía del trabajo y director del Instituto de Estudios de la Compensación en la Universidad de Cornell, podría unirse a otra predicción que no por inquietante deja de ser real: “Debemos hacernos a la idea de que tener un buen trabajo y mantenerlo durante mucho tiempo, disfrutando de una vida confortable, se acabó”.

Hallock habla de un gran tsunami laboral que cambia nuestra forma de trabajar, y también las profesiones -unas desaparecen y otras que tendrán éxito en pocos años aún no existen- y el mercado laboral, que está sometido a cambios vertiginosos.

Harry Holzer, economista de la Universidad de Georgetown y coautor de ¿Dónde se van los buenos empleos?, coincide con esta extinción de trabajos y profesiones, y sostiene que los empleos que tienden a desaparecer son aquellos en los que se paga realmente bien a trabajadores que no están demasiado cualificados: “Los puestos bien remunerados en cadenas de montaje que requieren una formación modesta y una educación básica son cosa del pasado. La combinación de los avances tecnológicos y la deslocalización de los recursos o de los procesos productivos encoge esos trabajos”.

A todo esto se une la influencia de un sistema educativo que se mueve y progresa mucho más lento que el mercado de trabajo y sus exigencias profesionales.

El déficit en materias fundamentales como las matemáticas o la comprensión lectora dificulta la construcción de valores, habilidades soft y competencias transversales, demandadas hoy por las empresas; y perjudica la generación de perfiles con un conocimiento técnico fundamental. Pocos dudan a estas alturas de que el conocimiento de esas habilidades básicas impulsa la empleabilidad y va muy ligado a la productividad.

Conviene plantearse qué queremos ser como país; pensar cómo es posible modificar el sistema empresarial, el educativo y cómo aproximar la formación a la realidad de las empresas. Es necesario plantear la necesidad de una generación futura preparada para la incertidumbre, capaz de transmitir sus pensamientos, que pueda resolver problemas cada vez más complejos y que sea capaz de actuar en un ámbito global muy distinto.

Parece evidente que las compañías plantean nuevas necesidades y también que nos movemos en un escenario laboral cambiante al que los candidatos tendrán que adaptarse. Deberán formarse de un modo distinto, adquiriendo competencias diferenciales para acceder a otros perfiles, porque muchas de las profesiones que tendrán futuro y serán predominantes aún no existen.

Desajuste para el futuro

Jesús Sainz, secretario general del Círculo de Empresarios, se refiere a un desajuste entre la oferta de titulaciones y la demanda de las empresas. Según la OCDE, España es el segundo país después de Italia con más desajuste entre las habilidades requeridas y lo que ofrece el sistema educativo. Sainz hace notar que, “además, la transformación digital acelera la necesidad de ajustar la demanda de nuevos profesionales. Se requieren más perfiles STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) pero, paradójicamente, caen las matriculaciones en ingeniería en las universidades españolas”. Sainz cree que “falta orientación a los alumnos en bachillerato. Se matriculan sin saber si van a tener o no un futuro laboral. Existe una demanda de nuevas habilidades que el sistema educativo no sabe proporcionar”.

José Antonio Marina, mentor de Human Age Institute, explica que “las habilidades profesionales se construyen sobre unas capacidades básicas que tenemos que adquirir en los niveles básicos de la enseñanza. Países como Alemania y Austria dedican mucha atención a la orientación profesional de los alumnos de Secundaria. A partir de esa edad, comienza un proceso continuado de formación, que ahora debe durar forzosamente toda la vida. Los itinerarios más frecuentados son la formación profesional, la Universidad, o la formación en el puesto de trabajo -las universidades corporativas, por ejemplo-. En este momento, hay muchas ofertas online, los MOOC, micromásteres… Cada profesional tendrá que diseñar su propio currículo”.

Fernando Riaño, presidente de Forética, cree que “existen varias brechas que deben cerrarse cuanto antes. Por un lado, las modalidades y enfoques de los estudios que se centran en conocimientos. Pero también la brecha sobre materias. Hay que potenciar las habilidades STEM como base de la futura empleabilidad. Y aquí hay un porcentaje altísimo de vacantes que las empresas no cubren porque no encuentran profesionales formados o con experiencia en este ámbito. Es difícil encontrar este tipo de perfiles, y la brecha se da en lo teórico, pero sobre todo en lo práctico”.

Direcciones opuesta

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Sobre esa brecha entre el mundo académico y las empresas, José Antonio Marina asegura que “en España no están bien coordinados los planes de estudio con las posibles salidas laborales. La formación suele ser buena, pero demasiado teórica, y no se insiste lo suficiente en aspectos muy valorados, como el trabajo en equipo. La agilidad para aprender resulta decisiva, porque los profesionales con capacidades como ésta aportan soluciones e innovación más rápidamente, y tienen más éxito frente a nuevos retos y situaciones cambiantes. Los individuos que aprenden rápidamente en situaciones de cambio son los que aportarán los mejores resultados en el futuro. También cotiza al alza la polivalencia de aquellos que están interesados en seguir formándose, porque muchos de los trabajos actuales dejarán de existir dentro de unos años, y es fácil quedarse fuera del mercado”.

Ana Smonetta Rubido, presidenta de Aiesec, también coincide en el gap entre planes de estudio en escuela y universidad y lo que demandan las compañías: “Cuando hacen entrevistas en empresas, los españoles presentan buenos perfiles, pero les resulta más difícil reaccionar durante el encuentro con el entrevistador, y no venden bien su experiencia ni diseñan adecuadamente su currículo. Aunque tengan habilidades, falla ese tipo de comunicación”. Añade la necesidad de desarrollar un modelo de tendencias para ver cuáles van a ser las necesidades de las empresas, como la capacidad de adaptación; cómo reaccionar ante lo que venga; habilidad de comunicación; capacidad de autoconocimiento y de los valores de cada uno (fortalezas y debilidades). Sostiene que “se debe poner a la gente en un ambiente internacional y de reto. Importa la experiencia práctica y los objetivos claros. Ese gap gigante entre Universidad y mercado laboral queda patente cuando descubrimos que hay carreras enfocadas a conocimientos que se demandan cada vez menos”.

Jesús Sainz añade que “hay un exceso de titulados en nuestro país: España cuenta con 235 por cada millón de habitantes, comparado con los 168 por millón en Estados Unidos o los 158 por millón en Alemania”. Añade que uno de los problemas es el tamaño de las empresas en España: “El 99% tiene menos de 50 empleados, por lo que apenas hay un 1% de demanda de titulados universitarios, que además están sobrecualificados para la actividad que realizan”.

Juan Morote, rector de la Universidad Europea, señala que “el mundo laboral circula a una gran velocidad y no de forma unidireccional. Vivimos un entorno volátil e incierto, y la realidad de la empresa va mucho más deprisa que la de la Universidad”. Morote añade que “en el sistema educativo de casi toda Europa el alumno adquiere conocimientos, pero no se desarrolla su creatividad. Hay que eliminar la rigidez del sistema formativo tradicional, y convertir la cadena educativa, entendiéndola como un entorno colaborativo de aprendizaje entre alumno y profesor”.

El rector de la Universidad Europea sostiene además que “la Universidad debería certificar competencias reales adquiridas por los estudiantes: liderazgo, adaptación al cambio, trabajo en equipo, iniciativa, resolución de problemas, toma de decisiones, planificación y ejecución. La Universidad no está para descubrir vocaciones, sino para formar a profesionales completos… Gente que sepa hacer algo muy bien, pero con competencias transversales.

Mercedes Chacón, directora de la Fundación Bankia, coincide en la distancia entre el mundo académico y el de las competencias. Se refiere al error de presentar el sistema educativo orientado sólo a la adquisición de conocimientos: “Se lleva a los jóvenes al Bachillerato y a la Universidad cuando lo que piden las empresas es que se adquiera experiencia a través de los conocimientos prácticos”.

Riaño insiste en que la evolución actual del mercado de trabajo demuestra que cada vez tienen menos importancia los conocimientos puros. Argumenta que “hay que revisar los programas existentes y dotarlos de un enfoque mucho más práctico, involucrando a las empresas en la formación para mitigar el gap entre el mundo académico y el de las compañías”.

A esto Riaño añade “la necesidad de dar respuesta a quien quiere y necesita adaptarse rápidamente a los cambios. Esto incluye al que busca empleo, pero también al empleador, a los centros de formación y a la Administración. Está claro que la Universidad va a una velocidad diferente a la del mercado laboral. Incluso se podría decir que van en direcciones opuestas. Y eso no sirve para mejorar las habilidades y la empleabilidad”.

Siempre aprendiendo…

Por su parte Nieves Segovia, presidenta de la Institución Educativa SEK, se refiere a la necesidad de aprender a lo largo de nuestra vida. Cree que “el proceso de aprendizaje hoy es mucho más líquido y no termina nunca”, y añade que “entre la Universidad y la empresa no existe la conversación que sería necesaria. Quienes hoy empiezan sus estudios de Primaria desarrollarán trabajos que actualmente no existen. El sistema educativo debería tener en cuenta la posibilidad de crear modelos únicos y personales, huyendo de la estandarización”.

Álvaro de Yturriaga, director de la Fundación Universia, recuerda que “aprendemos desde que somos niños antes de saber que estamos aprendiendo, y es entonces cuando empezamos a forjar nuestras competencias personales, que más tarde convertiremos en profesionales; conocimientos, habilidades, aptitudes y destrezas que desarrollamos para comprender, transformar y relacionarnos en el mundo y que se convierten en un saber hacer que en los últimos años ha cobrado especial importancia en la selección del candidato ideal”.

Yturriaga destaca que “estas capacidades se adquieren a lo largo de la vida, no las dejamos de aprender. Se consiguen a través de la participación activa en prácticas y situaciones sociales, y también se pueden desarrollar en el contexto educativo formal y no formal. Cada vez más, la Universidad pone a disposición de los jóvenes todo tipo de actividades para desarrollar estas competencias y poder adquirirlas de cara a ser más empleables en su incorporación al mercado laboral. Son actividades que incorporan al plan académico para que el estudiante sepa las necesidades de la empresa y pueda adaptar su perfil a la demanda”.

Asimismo añade que “las universidades están realizando un ejercicio permanente de reflexión para aplicar, cada vez más, nuevos métodos de aprendizaje para que el estudiante tenga una formación académica y competencial completa. Conviene favorecer y facilitar espacios de reflexión sobre los nuevos escenarios de la universidad del futuro”.

Además, Yturriaga considera que “las personas poseen una serie de capacidades técnicas por su formación y una serie de capacidades competenciales que se relacionan más con su personalidad. Así, la empleabilidad no depende tanto de lo que se sabe, como de lo que se puede aprender, de la adaptabilidad y la capacidad de reciclarse, en un entorno cada vez más global, digitalizado, colaborativo y en constante transformación”.

¿Burbuja profesional?

Algunos plantean que la exigencia de nuevas capacidades y habilidades para adecuarse a nuevos puestos podría crear una burbuja de las profesiones. La cuestión es si los trabajos con éxito -muchos de ellos ni siquiera existen hoy- son sostenibles y perdurarán en el tiempo o dejarán atrapados a miles de profesionales. Hay quien se pregunta si es posible aconsejar a alguien que tome el camino de las nuevas ocupaciones igual que en otro tiempo se recomendaba la carrera de Derecho, Ingeniería, Medicina o Económicas.

Nieves Segovia cree que no quedará más remedio que reinventarse varias veces en una misma vida laboral, y que “por eso en el sistema educativo hay que insistir en el desarro¡llo de competencias y habilidades necesarias, y no sólo de conocimientos. Esta es la base para seguir desarrollándonos, para aprender y desaprender. El sistema educativo prepara de una forma muy rígida y estandarizada, y se impone hibridar disciplinas. No importa el contenido del grado sino aquello que le va a dar éxito al alumno”.

Segovia añade que “vivimos en un mundo profesional sobresaltado por agentes emergentes que entran en su sector. El sector educativo está muy regulado, es universal y obligatorio, crea una zona de confort muy amplia, y eso hace que la disrupción sea más difícil. Hoy nos encontramos en la Cuarta Revolución Industrial. Con la Primera se generó el sistema educativo actual. La Segunda y Tercera pasaron de largo. En la Cuarta, hay que transformar un macrosistema educativo a nivel mundial. Es más complejo que cuando se creó”.

Álvaro de Yturriaga señala que “nuestra sociedad está experimentando un gran cambio, y en medio de esta evolución se abren muchas oportunidades para todas aquellas personas que sepan crear su propia marca personal, bien como proveedor de servicios dentro de una compañía, o apostando por el emprendimiento o el autoempleo como alternativa. Los perfiles demandados hoy son muy distintos a los de hace unos años. Destacan cada vez más aquellas profesiones relacionadas con la robótica y la transformación digital, aunque las competencias clave del profesional del futuro tienen que ser muy humanas y deben aproximarse a la creatividad, la inteligencia social y la capacidad de relacionarse con los demás”.

José Antonio Marina concluye que el mundo se rige por la Ley Universal del Aprendizaje, que dice que “toda persona, institución, empresa o sociedad para sobrevivir necesita aprender al menos a la misma velocidad con la que cambia el entorno. Y si quiere progresar, a mas velocidad. Esto hace necesario el aprendizaje continuo, porque vivimos cambios acelerados. Por eso, la learnability, la capacidad de aprender, es la habilidad más valorada hoy.

Marina añade que “el talento es la capacidad para elegir bien las metas y manejar la informacion, de gestionar las emociones y ejercitar las virtudes de la acción (tenacidad, o capacidad de soportar la frustración) necesarias para alcanzarlas. Es la inteligencia en acción, la inteligencia triunfante”.

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