Los nuevos reyes argentinos, el libro de Sebastián Catalano
Los nuevos reyes argentinos, el libro de Sebastián Catalano.

MercadoLibre, Globant, OLX y Despegar son los unicornios argentinos, o las empresas de base tecnológica que tiene valuaciones de mercado de al menos US$ 1000 millones . El libro Los nuevos reyes argentinos (Paidós), del periodista Sebastián Catalano, retrata como nunca antes sus historias y las de sus fundadores: cómo se pasaron de ser startups a corporaciones, sus errores y aciertos. Consejos a emprendedores y las claves de su éxito. Aquí, cuatro extractos del libro con pequeñas anécdotas de estas grandes compañías locales.

Marcos Galperín: El nerd que un día empezó a jugar al rugby

Marcos Eduardo Galperín Lebach nació en 31 de octubre de 1971 en Buenos Aires y vivió toda su vida en San Isidro, la más coqueta y tradicional de las localidades de los suburbios del norte de la capital argentina. Es hijo de Ernesto Galperín y Silva Julia Lebach y es el cuarto de cinco hermanos varones: Andrés (51), Miguel (49), Nicolás (47) y Tomás (41).

Marcos Galperín
Marcos Galperín. Foto: LA NACION / Fabián Marelli

Cuando Marcos habla del Marquitos que fue, no lo duda y se describe como “hipernerd”, un nene que amaba resolver problemas matemáticos y que tenía un ídolo indiscutido: el ajedrecista Bobby Fischer, “el único que les ganaba a los rusos”. El atormentado campeón estadounidense de ajedrez -que vivió entre 1943 y 2008, y brilló en la primera mitad de los setenta- fue un niño prodigio que luego de ganar el llamado “match del siglo” no volvió a jugar oficialmente, a pesar de tener apenas 29 años. Fue una memorable e histórica serie de partidas que disputó contra el soviético Boris Spaski, en Islandia, en 1972. “Me sabía sus jugadas de memoria y cuando mi padre se iba de viaje le pedía que me trajera libros sobre él”, recuerda Galperín.

La pasión por los números lo acercó muy rápido a la informática y a los 9 ya programaba en lenguaje Basic. Pero unos pocos años después lo picó el bichito del deporte y cambió programación, matemáticas y ajedrez por la pelota ovalada y los scrums. El rugby pudo más. “Por un lado, me hizo bien dejar un poco las ciencias duras, pero lamento haber dejado de programar. A veces me siento frustrado porque le pido a algún grupo de ingenieros que haga algo y cuando me dice que va tardar tres meses nunca sé si es verdad, o si eso mismo se podría hacer en tres semanas. Lamento haber dejado ese aspecto de lado, pero lo que aprendí compitiendo al rugby es muy valioso. Tan simple como saber ganar y perder, algo que muchos empresarios no saben hacer. Poder liderar equipos en una cancha es una cosa que me sirvió mucho para mi vida posterior, para conducir MercadoLibre. Igual, se pueden hacer las dos cosas”, asegura.

Antes de Globant, sus fundadores fueron “cartoneros”

Migoya, Nocetti y Umaran coincidieron después en la Facultad de Ingeniería de La Plata, en el edificio de las calles 1 y 47. Los dos primeros estudiaron juntos al comienzo, con materias comunes, pero luego Umaran siguió su rumbo hacia la Ingeniería Mecánica. Desde entonces, y si bien se cruzaban los tres todo el tiempo, Nocetti y Migoya se convirtieron en compañeros de estudios. Incluso tuvieron un primer emprendimiento juntos. Nada que ver con la tecnología.

Martín Migoya
Martín Migoya. Foto: LA NACION / Fabián Marelli

Migoya ama la música. En cuarto año de la facultad tenía una banda donde tocaba teclados y cantaba. Pop y rock a comienzos de los ochenta en La Plata: todo un clásico. La banda necesitaba una caja para centralizar conexiones MIDI. Lo habló con Nocetti, la armaron muy rápido y vieron que quizás podrían fabricarla y venderla. Los inminentes ingenieros pusieron manos a la obra: usaron plaquetas de mouse (no era tan habitual por entonces conseguirlos) y se organizaron para fabricar la “cajita electrónica”. Incluso hablaron con matriceros para hacerla de aluminio. Se necesitaba un packaging para venderla y la novia de entonces de Migoya, que estudiaba diseño, propuso una caja de cartón microcorrugado, un producto que en La Plata les costó mucho conseguir. “Y en realidad vimos que ahí sí había un negocio. Dejamos las plaquetas y nos hicimos cartoneros”, recuerda Nocetti entre risas. Muy rápido mandaron a varios compañeros a solicitar ese cartón a las librerías para generar demanda y así empezó el negocio. Los futuros Globant vendían cartón.

Muy rápido, el negocio mutó a papeles de colores, un producto con más salida, y luego a sobres. Vendían con las facturas de la Pyme de Migoya padre. “Duró un par de años y nos iba bien. Funcionó, pero queríamos recibirnos. Y se lo dejamos a un amigo que nos hacía algunas cosas”, dice Nocetti. La cajita MIDI nunca se hizo, salvo el prototipo inicial, que Migoya usó bastante tiempo en su banda.

Alec Oxenford, el rebelde del colegio San Andrés

La secundaria de Alec Oxenford [fundador de OLX y LetGo, y también de DeRemate, a fines de los ’90] fue mejor que la primaria: pasó de ser un chico “introvertido” a ser “el más popular y extrovertido”.

Alec Oxenford
Alec Oxenford. Foto: LA NACION / Fabián Marelli

En uno de los colegios más exclusivos de la Argentina, Alec hizo de las suyas.

“Edité una revista, The Piper, durante un año. Era como un folleto, un diario que hacíamos en la clase de periodismo. Recuerdo que una vez escribí un artículo que les tomaba el pelo a los profesores, una ironía acerca de su doble discurso en el tema de seguridad. Ellos insistían con que la seguridad era muy importante para los chicos, pero en cierto momento se produjo una situación de peligro y terminaron metiendo a cien pibes en un colectivo donde entraban solo cuarenta. El artículo estaba en inglés y el título era Safety loving teacher“, asegura.

Hubo escándalo y enseñanza. “Vino un irlandés, profesor de Historia, y me dijo: ‘Tenés que pensar en si había otras maneras de conseguir el mismo objetivo sin generar todas las ramificaciones negativas. Si al final lo importante es que vos estés contento y que te descargues en tu artículo, o conseguir algo’. Me hizo pensar mucho”, dice.

También fue prefect, una suerte de representante de los alumnos ante las autoridades. Pero en quinto año fue parte de una ruidosa vuelta olímpica, con toma del colegio e “invasión” incluidos. Terminó con veinte amonestaciones y sin el escudito y la corbata que simbolizan ese cargo honorífico.

Roby Souviron, de Despegar, primero vendió botellas de vino

Mientras estudiaba en la Universidad de Duke, en Estados Unidos, Roby Souviron y su compañero de cuarto, Ernesto Cadeiras, pusieron online dos sitios que, podría decirse, fueron los abuelos de Despegar. El primero fue ArgentinosWeb, una página con datos del clima y alguna que otra escasa información sobre el país. Algo meramente informativo. Poco después, Yahoo lanzó Stores, su servicio para vender por Internet, que hasta permitía pagar con tarjeta de crédito. Los compañeros armaron allí ArgentinaExpress.com, una página cuyo mercado eran los expatriados argentinos.

Roby Souviron
Roby Souviron. Foto: LA NACION / Fabián Marelli

“Les vendíamos vino a argentinos que vivían en Japón, por ejemplo. El cuñado de Roby nos ayudaba con los envíos desde la Argentina. Teníamos unos veinte pedidos por mes. Cuando terminamos de estudiar había que disolver el negocio: yo oferté cero y Roby negativo, me pagaba para que me lo quedara. Tuvimos dos momentos “críticos”: un serio reclamo de una clienta a la que no le llegó el regalo para su marido y los abogados de AmEx que reclamaban enfáticamente porque el nombre del sitio se parecía mucho al de la tarjeta de crédito”, asegura Cadeiras.

Analizaban varios modelos, pero estaba claro que era Internet. Sí o sí. Pensaron vender carne argentina hasta que la experiencia de Roby en la Argentina con los pasajes los hizo mirar más en detalle el modelo de Travelocity. En la habitación de Duke hicieron el primer dibujo del proyecto y un primer plan de negocios. El nombre se le ocurrió a Roby.

“Corina [por entonces su novia] me ayudó a definirlo. Yo tenía un par en mente y, cuando me dijo “Sí, ese me gusta”, fue la validación final. Quedó Despegar. Terminé el MBA y mientras mis compañeros [sus futuros socios] conseguían trabajos en Estados Unidos volví a la Argentina para comenzar a poner la idea en marcha. Mientras tanto, entré como analista financiero a Telecom Argentina. Mi oficina de Telecom fue la base de todo. La verdad, me quedaba muchos días después de hora y me venían a ver los chicos. Nunca nadie me dijo nada. En ese sentido, nos ayudaron mucho”, recuerda Souviron.

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