Foto: Fachada del edificio que alberga la 'Prisión Roja' (E. Bonet)
Fachada del edificio que alberga la 'Prisión Roja' (E. Bonet)

2017년 9월 29일 - 05시 H. - 업데이트 7 H.

A simple vista parece otro edificio militar más abandonado de la época de Sadam Husein, pero dentro de sus muros se encierran las historias más siniestras de torturas sistemáticas, matanzas y todo tipo de tropelías cometidas por el régimen baazista contra el pueblo kurdo. En pleno referéndum para la independencia de la región autónoma del Kurdistán iraquí, la prisión de Amna Suraka o ‘Prisión Roja’ resucita el fantasma del genocidio de Anfal, la campaña militar que acabó con la vida de decenas de miles de kurdos.

Ako Ghareb sueña con el día en que el Kurdistán podrá ser un estado independiente, y lo primero que le viene a la cabeza son las fosas comunes. Las mismas que pueden verse en las fotografías colgadas en la entrada de uno de los edificio de la prisión que sirve de documento histórico para que “un día el mundo entero pueda reconocer la masacre de Anfal como un genocidio kurdo”, anhela. “¿Por qué la comunidad internacional no quiere entender que tenemos el derecho a ser libres?” se cuestiona el gerente del museo-prisión de Amna Suraka.

Con el apoyo de Hiro Ibrahim Ahmad -la esposa del expresidente iraquí, Yalal Talabani-, Ghareb abrió en 2003 este peculiar centro para la memoria del genocidio kurdo y recreó los horrores de Sadam. El museo no está muy concurrido: aparte de autobuses escolares, apenas unos pocos visitantes se acercan a conocer el lugar.

Ante la poca afluencia, los empleados pasan el mayor parte del día esperando de brazos cruzados a que acabe la jornada laboral. Amna Suraka tampoco escapa al mal que azota todo Irak: los cortes de luz. Antes de que nos enseñe el museo Ghareb llama a un empleado para que ponga en marcha el generador y poder encender las luces de la sala principal, que no son pocas. Recorremos un largo pasillo cubierto con bóveda y decorado de arriba abajo con teselas de espejo y luces. Cada una de las 4.500 bombillas representa un pueblo kurdo destruido bajo el régimen de Saddam y cada pieza de espejo, -un total de 184.000-, a una persona asesinada durante la campaña de Anfal.

Entre 1986 y 1988 (coincidiendo con los últimos años de la guerra de Irán-Irak) las fuerzas iraquíes llevaron a cabo esta sanguinaria operación contra la minoría kurda iraquí, aliada de Teherán. Según Naciones Unidas, entre 50.000 y 100.000 kurdos fueron asesinados como consecuencia de bombardeos, fusilamientos, deportaciones en masa, destrucción de asentamientos kurdos, ataques con armas químicas, torturas y encarcelamientos. Miles de ellos fueron torturados y ejecutados dentro en estas mismas instalaciones de Amna Suraka, hasta que fue liberada por los combatientes peshmerga en 1991.

Alí Hassan Al Mayid, 'Alí el Químico', habla durante su juicio en octubre de 2006. Abajo a la derecha, su primo, Saddam Hussein. (Reuters)
Alí Hassan Al Mayid, ‘Alí el Químico’, habla durante su juicio en octubre de 2006. Abajo a la derecha, su primo, Saddam Hussein. (Reuters)

De Sadam al Estado Islámico

Los edificios perforados con agujeros de bala muestran la fiereza con la que se llevó la batalla. Ghareb cuenta que cuando entraron los peshmerga a liberarla, el personal militar huyó en un helicóptero que los esperaba suspendido en el aire. “Dispararon a las hélices pero, por desgracia, escaparon”, lamenta nuestro anfitrión. Los botines de guerra se exponen en el patio que rodea los edificios. Allí resisten a la intemperie los viejos tanques con agujeros de bala de Sadam y ametralladoras que los militares del régimen baazista no pudieron llevarse. Muy poco ha cambiado el complejo militar desde que fue liberado por las fuerzas kurdas hace 26 años. Los muros exteriores están coronados con alambre de espino y cámaras de vigilancia en cada esquina.

Uno de los edificio habilitados sirve como sala de exposiciones donde se explica con gráficos, videos y fotografías el éxodo forzoso de cientos de miles de kurdos durante la década de los años 80. En una estancia hay una vitrina con los restos de ropas que fueron encontrados en el desierto de grupos de mujeres y niños masacrados en su huida a la frontera con Irán. Al fondo, un panel iluminado con la fotografía de la prisión de Nusra Salam, en la frontera con Arabia Saudí. El relato es estremecedor: “Entre 300 y 400 presos kurdos fueron asesinados brutalmente a dentelladas por perros hambrientos que soltaron en patio de la prisión”, explica Ghareb.

Los acontecimientos actuales, con la guerra en marcha contra el 이슬람 국가, han obligado a la dirección del museo a ampliar sus exposiciones, dedicándole una sala a las atrocidades cometidas por el grupo yihadista en Sinjar. Un panel con los nombres y fotografías de los “mártires” peshmerga y unas esculturas, emulando a las valientes combatientes kurdas, decoran las paredes de está sala oscura, que aún no ha sido abierta al público.

En el piso de arriba está la colección de diferentes tipos de armas químicas y de misiles que fueron lanzados contra la población de Halabja en mazo de 1988. Dicha masacre, en la que murieron más de 5.000 personas, la mayoria mujeres y niños, estuvo dirigida por el general Ali Hassan al-Mayid, el famoso “Alí el Químico”. “Hasta 60 toneladas de gas nervioso fueron arrojados desde aviones militares en un bombardeo que duró toda la noche”, precisa Ghareb.

Lo que más le molesta al director del museo de genocidio kurdo es el doble rasero de Washington. “Cuando ocurrió la masacre de Halabja se silenció internacionalmente porque el gobierno de EEUU no le interesaba ponerse a las malas con su aliado Saddam Hussein”, critica Ghareb. “Ahora ocurre lo mismo. La comunidad internacional no nos apoya con el referéndum porque no quiere tener problemas con [el primer ministro iraquí] Haider Al Abadi”, sentencia.

Una de las estatuas del museo que detalla el 'método falaqa' de tortura, que consiste en golpear la planta de los pies del detenido (E. Bonet)
Una de las estatuas del museo que detalla el ‘método falaqa’ de tortura, que consiste en golpear la planta de los pies del detenido (E. Bonet)

Torturas, electricidad, violaciones

Quizás una de las salas más curiosas que han montado en el museo es una muestra de la cultura kurda, con de tapices, ropa y joyas. Este sitio parece que esté fuera de lugar, pero si se tiene en cuenta la represión que ejerció sobre los kurdos el régimen totalitario de Sadam Hussein se entiende como una exaltación de la cultura kurda que fue reprimida.

El edificio contiguo es quizás uno de los lugares más sórdidos y oscuros jamás visitados en Irak. Tras sus muros se encierra la historia no contada de cientos de presos kurdos que fueron torturados, algunos hasta la muerte, por los servicios secretos iraquíes. El artista kurdo Kamaran Omar ha dado forma al horror que se vivió en cada una de las celdas de la prisión de Amna Suraka. Unas esculturas a tamaño natural representan escenas de detenidos que están siendo torturados. Una de las celdas hay una representación de un detenido atado de manos y pies a palo mientras tres carceleros le golpean con una vara. En una celda de aislamiento está la estatua del legendario Mamosta Ahmed, un maestro de escuela que se convirtió en símbolo de la resistencia kurda, la misma en la que estuvo encerrado varios años hasta que fue trasladado a la prisión de Abu Ghraib, donde fue ejecutado en 1990.

En un siniestro habitáculo casi a oscuras para crear una atmosfera de terror hay una mesa vacía con una diabólica máquina de la que salen unos cables que van al cuerpo de un detenido colgado de las manos al que se le está interrogando, y desde megáfono se escucha una grabación con los gritos durante el interrogatorio. En el pabellón de mujeres en una celda está la estatua de una prisionera con la ropa desgarrada y un niño pequeño que representa a “todas aquellas mujeres que fueron violadas”. Ghareb explica que a las prisioneras las llevaban a la habitación contigua, que estaba insonorizada, las violaban y torturaban para arrancarles confesiones a la fuerza. El resto de las celdas de la prisión están vacías. Unas mantas viejas y sucias, y garabatos en las pared son los últimos testimonios vivos de lo que sucedió en aquellas celdas. Ghareb nos cuenta que muchos de los presos eran menores de edad y que los carceleros cambiaban la edad para poder ejecutarlos.

Allí dentro a uno le invade una fuerte sensación de claustrofobia, por lo que necesita salir fuera a tomar el aire. Detrás nuestro aparecen una pareja de visitantes. “Es terrible pero tenemos que conocer nuestra historia. Siempre había oído hablar sobre este lugar y esta vez decidí venir”, dice Kamaran Akrawi, de 27 años, que vive en Canadá y que ha regresado al Kurdistán estos días para votar en el referéndum. “No puedo imaginarme el dolor y las cosas tan terribles que ocurrieron aquí. Todo el mundo debería venir y verlo con sus propios ojos”, señala, por su parte, su novia Bashara, que es kurda-iraní.

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