Ranko Mirkovic se considera un hombre imaginativo, con una alta capacidad de abstracción, pero reconoce que ni en sus ensoñaciones más disparatadas, culpa de la rakia con la que agasaja a sus invitados, había fantaseado con la idea de que en la entrada de la acería en la que trabaja como electricista desde hace 40 años, emblema de la Yugoslavia comunista y después signo de modernización y reconciliación con los americanos, iba a ondear la bandera de 중국.

El año pasado, 세르비아 vendió su acería estatal —la única del país— a la empresa china HBIS Group por 46 millones de euros. Desde entonces el paño de color rojo con cinco estrellas amarillas recibe a los más de 5.000 trabajadores que acuden a diario en autobús a la fábrica de Smederevo, una ciudad industrial a orillas del Danubio, a poco más de 30 kilómetros de la capital, Belgrado.

La empresa china, la única que concurrió al concurso público, prometió mantener todos los empleos, y por ahora ha cumplido. La acería fue privatizada por primera vez en 2003, cuando la compró la estadounidense US Steel, que se retiró en 2012 por el impacto de la crisis en el mercado mundial del acero. El Gobierno serbio la recompró por el precio simbólico de un euro. Ahora está en manos de China, un gigante que ha puesto sus ojos en los Balcanes como confirma el que el primer ministro chino, Li Kequiang anunciara en Hungría inversiones por 3.000 euros en una cumbre con representantes de 16 países de Europa del Este y los Balcanes.

La compra de esta fábrica es solo uno de los primeros pasos de un ambicioso proceso de expansión china por la región. El presidente chino, Xi Jinping, de hecho, anunció en Smederevo —algunos habitantes de la ciudad decían no haber visto antes a chinos en persona— que Serbia era un actor importante en el proyecto de crear un gran corredor internacional entre Oriente y Occidente, una nueva Ruta de la Seda. Aunque no se trata tan solo de un tema económico. Detrás de la iniciativa se halla un interés geoestratégico que materializa el lema favorito del presidente Xi, El sueño chino. El reto de imponer la huella de Pekín en todo el mundo.

Uno trabajador bloqueado en un embotellamiento a la salida de la acería en Radinac (municipio de Smederevo, Serbia).

Los intereses chinos en Serbia se cruzan, inevitablemente, con los de la Unión Europea, club al que el Gobierno de Aleksandar Vucic pretende ingresar en los próximos cinco años. Bruselas, en pos de hacer cicatrizar las heridas de una guerra que en los noventa enfrentó a los miembros de la exYugoslavia a un conflicto cruel entre primos hermanos, ha impulsado planes como conectar mediante carretera y ferrocarril Serbia y Albania, países que arrastran viejas rencillas, o ha planteado crear un mercado único que fortalezca la economía de los 20 millones de habitantes de los Balcanes. Sin embargo, el proceso de financiación europeo es largo y burocrático, así como todas las reformas en materia de justicia, política y economía que se le exige a los países candidatos, y el dinero chino es tangible, palpable a corto plazo.

Un tercer actor en la zona

Dos jóvenes aprendices del oficio de soldador, en la puerta de la fábrica

El politólogo Borja Lasheras resalta que China plantea inmediatamente préstamos y financiación para relanzar un país empobrecido, como Serbia, cuyo salario mínimo es de menos de 250 euros, algo que la UE no puede garantizar. “Queda claro que en la región, donde había dos actores que parecían preponderantes como Europa y Rusia, cuentan con un tercero, China”, añade. “Es un error tremendo de Europa, una negligencia”, añade el analista serbio Dejan Anastasijevic. A su modo de ver, la UE no está haciendo los esfuerzos suficientes para conectar a los Estados miembros con los países de la región, y eso puede tener un coste a largo plazo.

En la plaza central de Smederevo, de 100.000 habitantes, hay un monumento homenaje a los soldados serbios de la Primera Guerra Mundial. Alrededor, varios cafés con terrazas donde los clientes aprovechan los rayos de sol de media mañana. “Al principio, cuando se supo que eran inversores chinos nos pareció un poco raro pero un año después todo va bien. Quizá éramos reticentes por ignorancia”, dice Milena, empleada de una tienda, de 35 años. Algunos carteles de la ciudad están ahora también en chino, como ocurre en algunos monumentos turísticos de Belgrado, y establecimientos a pie de carretera como El Castillo del Rey, un antiguo club de alterne cuyo dueño fue detenido, están destinados exclusivamente al hospedaje de ciudadanos chinos.

Aunque su presencia es, a la vez, un tanto invisible. La acería, a cuatro kilómetros del casco urbano, es la principal fuente de empleo de la ciudad. En la entrada —además de la bandera china— hay un semáforo en verde que significa que hoy no ha habido accidentes en la planta. Al lado, un lema: “Nadie va a resultar herido durante mi turno”. Dos aprendices de soldador, de 16 años, que apuran un pitillo, destinados a hacer el mismo trabajo que antes hicieron sus padres y abuelos, dicen que apenas tienen contacto con empleados chinos, que es algo que se limita a los puestos de dirección. Sus referentes culturales, a través de las series de televisión y la música, son americanos y europeos pero los dueños de su destino laboral provienen de la otra punta del mundo. Reflexionan un rato sobre ello y después acaban encogiéndose de hombros: “Eso es la globalización, ¿no?”.

En cambio, Ranko Mirkovic, el anfitrion que ha puesto en la mesa rakia para recibir a los visitantes, no tiene dudas: “Yo estoy contento, hemos mantenido los empleos y unas condiciones dignas”. Como líder sindical está al tanto de los detalles de la compañía, que prometió invertir 300 millones de euros para modernizar las instalaciones y dijo querer alcanzar una producciones de 2,1 millones de toneladas al año. Echa de menos, claro está, Yugoslavia, para él un edén perdido, y el orgullo que sentía por trabajar para un símbolo nacional. Pero Mirkovic, de 51 años, no quiere caer en la nostalgia y dice que sus jefes orientales son trabajadores y respetuosos, que todos reman en la misma dirección. El año que viene está previsto que en Pekín reciba un curso de formación: “¡Quién me lo iba a decir a mí!”.

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