Todo ocurrió en apenas cuarenta minutos. Ese es el tiempo que transcurrió entre la primera conversación entre una mujer y cinco hombres en una plaza de Pamplona y la salida del grupo de chicos de un portal. Dentro, ella, medio desnuda y en estado de shock, recogía sus cosas. Unos minutos después, cuando lloraba en un banco de la calle, una pareja se le acercó. Fue a ellos a quienes contó que había sufrido una agresión sexual. “¿Quieres que llamemos a la policía?”. “Sí”.

Es solo el inicio de un relato que este lunes las acusaciones del caso de 무리 desgranaron en mucho más que cuarenta minutos. Este martes es el turno de las defensas. Después de diez días de vistas a puerta cerrada, el tribunal que juzga a ‘la manada’ celebra las conclusiones con público y periodistas. Era la primera vez que los acusados se enfrentaban a la mirada ajena. Lo hicieron serios pero con descaro, escrutando a los periodistas que entraban en la sala. Uno a uno su aspecto era calcado: camisa y jersey de tonos neutros, mucha gomina en el pelo, afeitados recientes o barba cuidada con esmero.

La intervención de las acusaciones, especialmente la de la fiscal Elena Sarasate, y la línea argumental que las defensas han intentado sostener estos días dejan ver que en este juicio hay varios conceptos en juego. El consentimiento es uno de ellos, pero también el de la violencia. Y, de fondo, otro de no menos calado: cómo es una víctima de agresión sexual y qué se espera de ella.

“Se ha superado el criterio de que la mujer tiene que resistirse como una heroína para evitar una agresión sexual”, dejó claro la fiscal en su acusación para subrayar que la existencia de lesiones físicas no es lo que define el consentimiento. “Una mujer tiene que salir y hacer su vida”, dijo en otro momento para referirse al informe que uno de los abogados defensores encargó a unos detectives sobre la vida posterior de la víctima y que finalmente retiró de la causa.

Ni la fiscal ni el resto de acusaciones han obviado que la víctima, tal y como ella contó, respondió a un beso de uno de los acusados instantes antes de que la introdujeran en el portal. Tampoco que su declaración tiene algunas “lagunas” o “inconsistencias” típicas de una mujer que ha sufrido una agresión de este tipo y que son, han remarcado, perfectamente compatibles con un relato “coherente” y sólido de lo que ocurrió aquella noche y que ha mantenido a lo largo del tiempo. Su credibilidad, subrayan, es total, y así lo corroboran los informes y declaraciones de todas las personas que la atendieron en las horas y días posteriores, desde agentes de policía hasta médicos forenses y asistentes sociales.

Sus discursos apuntan, por tanto, en una dirección: una mujer puede sufrir violencia sexual aunque antes haya consentido un beso, aunque no se haya resistido duramente durante los hechos, aunque la agresión no se haya producido con violencia extrema. Para que entrara en el portal dos de ellos “la cogen de la mano, no con violencia pero sí brusquedad” y “sorpresivamente”. “De ninguna manera ella esperaba lo que iba a suceder”, describe la fiscal. Fue ya en el cubículo en el que ocurrieron los hechos cuando, rodeada de los cinco, se dio cuenta de la situación “y entró en pánico”.

El cubículo, la ratonera, el rincón ciego, el cubil. Así ha sido descrito ese lugar de 2,73 metros de largo y 1,63 de ancho a lo largo de la vista de este lunes. Allí se grabaron los vídeos que ambas partes creen concluyentes para sus intereses. El relato de la fiscal habla de una situación humillante en la que los acusados hacen y deshacen “en tono festivo”. Los detalles son duros y desagradables. “No tuvo otra posibilidad que resignarse” a una “superioridad física y ambiental” que la hizo optar por una resistencia pasiva.

Para el abogado de la acusación popular del ayuntamiento de Pamplona, Víctor Sarasa, la víctima “con buen criterio supo que a más resistencia, más fuerza se le iba a aplicar”. Sobre la vida de la mujer durante los meses posteriores, tampoco ha tenido dudas: “Cada víctima reacciona como puede o como quiere, diga lo que diga la literatura médica”.

“Ignorancia deliberada”

La vista comenzaba con los cinco acusados midiendo sus gestos. Miradas directas, casi retadoras en algunos casos, a la bancada de periodistas y público, pero no mucho más. Conforme avanzaba la sesión, sin embargo, los gestos se abrían paso: cabeceos, muecas, cuchicheos entre ellos, alguna sonrisa incluso. Como en un thriller judicial dos dibujantes perfilaban a carboncillo sus retratos. Curiosos por ver su propia imagen, varios de ellos pidieron en un receso que el dibujante se acercara a enseñarles su cuaderno. Su perfil a lápiz negro les arrancó unas carcajadas. Aún más expresivos que ellos fueron varios de sus abogados, que no tuvieron reparos en mirar con sorna e incluso reírse durante varios momentos de la vista.

¿Consideran esos cinco hombres que la mujer consintió las relaciones?, ¿de qué manera lo hizo? Es lo que mucho más pormenorizadamente preguntó la fiscal a los acusados en su interrogatorio de hace unos días. Uno de ellos, incluso, reconoció que no hubo consentimiento explícito. La fiscal les acusa de “ignorancia deliberada”: “Como se que va a decir que no, no pregunto”. Se adelanta así a lo que muy probablemente utilicen las defensas este martes: no hubo un no explícito de ella que, incluso, sabía a lo que iba. “Es quien hace la acción quien debe despejar las dudas sobre esa acción y asumir las consecuencias. ¿De verdad se puede decir que si ella hubiera dicho que no en ese momento no hubiera pasado nada? No cabe exigir ninguna forma de resistencia a la víctima. No tenía otra posibilidad razonable que someterse”, lanzó Sarasate durante la sesión.

Las dudas sobre si la mujer quería o no mantener relaciones, dijo, se hubieran despejado con un sencillo “¿quieres seguir?, ¿te apetece?” que nunca se produjo. El abogado de la acusación popular del Ayuntamiento de Pamplona recordaba que las relaciones se habían producido sin preservativo. “Algún acusado dijo no usar preservativo en sus relaciones. Eso no es una cosa de uno solo. Ninguno refirió haber preguntado a la víctima por algo tan esencial como el uso del preservativo”.

Las tres defensas de los cinco acusados tratarán este martes de desmontar todos estos argumentos. Lo harán, sobre todo, con dos piezas: tratar de demostrar que sí hubo consentimiento y que el motivo que llevó a la mujer a denunciar fue el miedo por la difusión de las imágenes. La fiscal tiene claro por qué varios de ellos no se molestaron en borrar esos vídeos de sus teléfonos móvil: “Creían que gozaban de una impunidad que afortunadamente no tuvieron”.

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