RANGÚN.- Aunque en su primer día en Myanmar, tierra nunca antes pisada por un papa, no se preveían actividades, ayer Francisco tuvo un encuentro sorpresivo. Pese a un viaje de más de 10 horas, del jet lag y del abrupto cambio de temperatura -del frío invernal de Roma al calor del sudeste asiático-, el Papa entró de cabeza en la complejísima realidad de Myanmar, país acusado por organismos de derechos humanos de haber puesto en marcha una atroz “limpieza étnica” contra la minoría islámica rohingya.

Francisco fue recibido ayer por chicos con ropas tradicionales de Myanmar en el aeropuerto de Rangún
Francisco fue recibido ayer por chicos con ropas tradicionales de Myanmar en el aeropuerto de Rangún. Foto: AFP / Vicenzo Pinto

Antes de reunirse hoy con la líder del país, la premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi, Francisco recibió una “visita de cortesía” del general Min Aung Hlaing, comandante en jefe del ejército de Myanmar. Esta cita estaba prevista para pasado mañana y había sido agregada en la agenda a último momento, luego de una recomendación del cardenal Charles Bo, arzobispo de esta ciudad. ¿Por qué? Porque en su delicado viaje a este país aún en camino hacia la democracia, el Papa no podía no reunirse con quien detenta verdaderamente el poder.

“Se habló de la gran responsabilidad de las autoridades del país en este momento de transición”, dijo el vocero del Papa, Greg Burke, que se refirió de manera muy escueta al encuentro con el poderoso general. La reunión duró 15 minutos y tuvo lugar en el arzobispado, donde se aloja Francisco, ya que aún no hay nunciatura porque el Vaticano y Myanmar establecieron relaciones diplomáticas en mayo pasado. En el encuentro también participaron otros tres generales y un coronel, y hubo intercambio de regalos, según informó el Vaticano.

El encuentro del Papa y los generales, que detentan el poder real pese a que hubo elecciones en 2015, que ganó con el 86% el partido de Suu Kyi, generó suspicacias. ¿Quisieron adelantar el encuentro para demostrar quién manda?

Más allá de la pregunta, quedó claro que, al convertirse ayer en el primer papa que pisa Myanmar, tierra famosa por su exuberancia, sus pagodas doradas y con apenas 700.000 católicos, Francisco llegó a un campo minado. Con 52 millones de habitantes y 135 grupos étnicos, Myanmar -con un territorio equivalente a dos veces la provincia de Buenos Aires- es un explosivo mosaico étnico-religioso, aún marcado a fuego por 60 años de dictadura.

Los militares controlan la economía, las fronteras, la seguridad y el 25% de las bancas del Parlamento en este país mayoritariamente budista. El gobierno, liderado por la Nobel de la Paz y “consejera de Estado” Suu Kyi, ha sido severamente criticado en los últimos meses por una brutal represión, de parte del ejército, de la minoría musulmana rohingya. En el marco de lo que la ONU y varios organismos internacionales denunciaron como una “limpieza étnica”, más de 600.000 rohingyas se fugaron al vecino Bangladesh, país de 160 millones de habitantes en un territorio mucho más pequeño (equivalente a la provincia de Mendoza), lo que creó gran tensión. Sin embargo, la semana pasada Bangladesh, país de mayoría musulmana, y Myanmar sellaron un acuerdo que prevé el retorno de centenares de refugiados, algo que debería aliviar la situación, aunque de difícil implementación.

“El encuentro del Papa con los militares fue importante porque ellos detentan el poder. Además ¿quién puede detener las guerras y los conflictos? Los generales. Suu Kyi no pude detener eso. Esperemos que las palabras del Papa suavicen su mano dura”, dijo a 국가 Paul T., sacerdote católico de Mandalay, ciudad 366 kilómetros al norte de Rangún, que prefirió no dar su apellido.

“Estoy contento de que el Papa haya podido darles su mensaje a los militares porque la opresión la sufrimos todos, también los grupos étnicos cristianos, no sólo los rohingyas. Los militares están ciegamente en contra del proceso democrático y han creado el conflicto étnico y religioso para desestabilizar el país y para deshacerse de «la señora» [Suu Kyi]”, agregó.

“El gobierno civil es como alguien que vive en alquiler a punto de ser echado”, graficó este sacerdote, que llegó a Rangún para la misa que mañana celebrará el Papa. En este marco, recordó que la Constitución impuesta en 2008 por los militares incluye la posibilidad de que puedan volver al poder en situación de emergencia.

Francisco tuvo ayer una cálida bienvenida, con una pequeña comunidad católica de fiesta y el resto de la población, indiferente. Hoy se trasladará en avión hasta Naypyido, la capital del país desde 2006. Allí tendrá una ceremonia de bienvenida con todos los honores en el palacio presidencial y luego se reunirá con el presidente Htin Kyaw y con Suu Kyi. Luego, ante autoridades y el cuerpo diplomático, pronunciará su primer discurso, que será mirado con lupa.

Se descuenta que el Papa, advertido de la sensibilidad que la palabra rohingya despierta en esta tierra y en el gobierno -que no lo reconoce como grupo étnico e insiste en que se trata de inmigrantes ilegales de Bangladesh-, no la pronunciará. Pero sí seguramente aludirá a la necesidad de reconciliación, perdón y respeto de los derechos humanos de todos las minorías que componen el explosivo mosaico birmano.

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