Existe muy poca información sobre la zona del mediterráneo occidental, a la que supuestamente llegaron por mar los primeros agricultores del este. Por eso, un equipo de investigación de más de 40 arqueólogos ha analizado los movimientos migratorios y las dinámicas poblacionales durante el último periodo de la prehistoria con 318 individuos de 57 yacimientos arqueológicos de la Península, Baleares y norte de África.

Los resultados, publicados en Scientific Reports, revelan que, a diferencia de la situación observada durante el Neolítico inicial y medio del centro y sudeste de Europa, las poblaciones de la península ibérica muestran una interacción mucho más compleja e intensa entre las sociedades cazadoras-recolectoras locales y las nuevas poblaciones del Neolítico que llegaron desde el Oriente Próximo. La investigación ha identificado además el ADN mitocondrial de 213 nuevas muestras analizadas y 125 ya publicadas de individuos modernos de España y Portugal.

Una fuerte mezcla de linajes de ADN de mujeres ancestros de diferentes orígenes ha sido ya observada durante el Neolítico inicial (5.500-4.500 años a.C), cuando la supervivencia de los linajes de las sociedades cazadoras-recolectoras parece haber sido marginal en el centro y sudeste de Europa.

En cambio, en la Península, los haplogrupos de ADN mitocondrial de los cazadores-recolectores aumenta ininterrumpidamente en relación a la distancia de la costa mediterránea. Los diversos nuevos haplogrupos de origen oriental se encuentran mezclados con los cazadores-recolectores locales.

“Aun así, también observamos la llegada de comunidades neolíticas relacionadas con los agricultores de la Europa central (llamados “grupos de cerámica de bandas”) al nordeste de la península ibérica, particularmente en el yacimiento funerario de Els Trocs, en el Pirineo central”, destaca Kurt W. Alt, del Danube Private University in Krems, Austria, e impulsor del proyecto sobre la reconstrucción de las dinámicas de población de la Península entre el Neolítico y la Edad de Bronce.

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Tumba de El Argar de la Edad de Bronce ubicada en la cima de una colina del yacimiento de La Bastida (Murcia), datada alrededor de 1850-1750 años a.C. (Foto: ASME-UAB)

La diversidad de los linajes de ancestros femeninos continúa durante la Edad del Cobre, cuando las poblaciones se vuelven más homogéneas. “Esto sugiere una mayor movilidad y mezcla en diferentes regiones geográficas”, comenta Cristina Rihuete-Herrada, antropóloga y arqueóloga de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) (Catalunya, España).

Un caso particular es la identificación de un individuo perteneciente al haplogrupo L1b en el yacimiento Camino de Las Yeseras, cerca de Madrid. Este grupo es casi el más frecuente actualmente en el este y centro de África, y apunta a una conexión con las costas del norte y este de este continente en tiempos prehistóricos. “Iberia era un crisol de influencias y poblaciones en el extremo occidental del Mediterráneo”, certifica Manolo Rojo, de la Universidad de Valladolid.

A pesar de que el tamaño de la muestra de la Edad del Bronce es reducido, no se ha podido detectar la migración desde las estepas del este de Europa, identificada en el centro de Europa durante el tercer milenio antes de la nuestra era, en el pool genético de la Península.

“Ignoramos cuál pudo ser la cronología de la llegada de estas poblaciones procedentes de la región norpóntica y si este fenómeno guarda algún tipo de relación con el surgimiento de El Argar (2.200-1.550 años a.C), el primer estado o sociedad-estado del Mediterráneo occidental”, indica Roberto Risch, arqueólogo de la UAB.

Pero todavía quedan muchas cuestiones por esclarecer. “La estrecha interrelación entre los procesos culturales y genéticos a nivel social requiere más análisis arqueogenéticos”, apunta Anna Szécsényi-Nagy, de la Academia de Ciencias Húngara en Budapest, indicando la necesidad de continuar investigando en esta dirección.

“Las perspectivas son prometedoras, dado que el presente proyecto ha permitido recuperar información de ADN antiguo incluso en restos humanos del sur de la península, donde las condiciones climáticas no son favorables para su conservación”, añade Cristina Rihuete-Herrada.

Recientemente se ha presentado un análisis de mayor alcance realizado en paralelo a este trabajo y en estrecha colaboración con el Departamento de Genética de la Escuela de Medicina de Harvard y el Instituto Max Planck para la Ciencia de la Historia Humana en Jena. “Las primeras poblaciones campesinas de Iberia, Alemania y Hungría son casi idénticos genéticamente, lo que sugiere que tenían un origen común con la de Oriente Próximo”, enfatizó Wolfgang Hassk del Instituto Max Planck hace dos años. (Fuente: UAB)

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