Es una tarde de un mes cualquiera. Preferentemente septiembre.

A los alumnos universitarios, les insisto, por convicción, en una idea. Idea sencilla. Consiste en entender que, para llegar al conocimiento de una determinada institución, de un determinado concepto, de un determinado momento histórico, es conveniente –y muy necesario– indagar en los antecedentes de hecho. En definitiva aprehender sin “h” intercalada, aprender del pasado.

Entender la Historia objetivamente, se hace esencial.

Yo no puedo entrar –y sería pretencioso por mi parte– o fijar dogmáticamente lo acaecido durante la Secesión Catalana del Siglo XVII, ni tampoco durante los acontecimientos del XVIII que dieron lugar con posterioridad al ancla histórica de la Diada. De todas maneras, no hay que ser un científico fino para convenir en que aquellos sucesos se enmarcaban en un contexto y en unas pretensiones que nada tienen que ver con las actuales. De hecho, cuando Cataluña abandona el Reino Hispano y se alía con Francia, resultó cuasi-esquilmada, retornando, después, como hija pródiga, a un hogar “Españolista” más plácido. Por otra parte, tampoco debe olvidarse que la Guerra de Sucesión (sí, amigos, ese desencuentro cuyo recuerdo aleatorio se jalea durante el minuto 17 el Camp Nou despistando a Messi, quien, por cierto, no se despista nunca), pretendía realzar, en su fundamento inicial, los valores de los Austrias. Los Austrias del Escudo del águila bicéfala tan denostado. Esos que tuvieron como máximo representante a un Carlos V, que murió en Yuste. Un Emperador que, harto de lisonjas, recaló en Extremadura, tierra obligada a un éxodo migratorio precisamente, y, entre otras, a poblaciones catalanas bendecidas por su situación estratégica junto a puertos mediterráneos. Charnegos puros y duros que trabajaron para engrandecerla. Cataluña y el resto de España, se han retroalimentado, y eso está bien. Apreciemos lo diferente, sin aplastar a nadie desde la altivez. Tampoco es nuestra función, analizar las cesiones de competencia o el ámbito casacional autonómico. Está previsto en la Ley, entendida en sentido amplio.

Dejemos esas cosas. Dejemos lo que al parecer no se conoce ni se quiere conocer.

Volvamos a nuestro mundo. Y el mundo y, sobre todo, la realidad española, preocupan y aburren. Los acontecimientos son “cansinos”. Se ha dicho ya todo acerca de la legalidad, de la Primacía Constitucional Kelseniana, de la lealtad al Ordenamiento jurídico. Se ha insistido en los valores pactados. Volver a los argumentos resulta tedioso. Lo sabe quien lo tiene que saber, cuestión distinta es que no se haga caso, sobre todo por quien no le interesa hacerlo.

Nos preocupa y aterroriza, no sólo a los Jueces, que las decisiones seudo-populares decidan sobre vidas, libertad y patrimonios (aconsejo por su objetividad el artículo del Catedrático de Historia del Derecho, Juan Antonio Alejandre sobre este tema). Nos preocupa, y mucho, que algunos compañeros jueces, amparándose en determinados derechos que otorga el Estado, critiquen desde su posición a la propia legalidad. Eso confunde. Y mucho. Pero es normal. La noticia es que el hombre muerda a un perro. Son muy pocos y sin argumentos, ¡háganme caso!.

Estoy fatal desde hace un par de días y debido a una entrada futbolística a destiempo. Tengo un dolor de espalda que me impide deambular, que me limita para hacer lo que normalmente, y sin prestar atención, puedo hacer normalmente. Cuando se pierden las cosas cotidianas, es cuando en realidad se aprecian y valoran. Como decía un actor aragonés…¡Qué bien se está, cuando se está bien!

Estoy de mal humor. Pienso y me enfado con “el Estado y sus gobernantes”. Y me enfado, porque los Servidores del mismo, no están suficientemente compensados si se compara con otros. Me enfado, porque los Médicos, los Maestros, los Policías, los Fiscales, los miles de trabajadores públicos, están muy preparados. Son muy válidos. Crean riqueza y bienestar. Sacan siempre las “castañas del fuego”, resuelven problemas, y no se les incentiva adecuadamente. Un programa de Gran Hermano, un “no sé qué” televisivo, es más valorado en todos los sentidos, que una operación a corazón abierto o que el aprendizaje de las primeras letras.

Estoy “doblado”, molesto. Ha surgido desde hace tiempo un problema. Un problema serio. Desde parte del Poder, se quiere dinamitar las Normas. Se presiona a quienes su único pecado es defender la Ley. Se babea con el presunto y posible voto, cuando el voto es sólo una rama de un Estado de Derecho.

Estoy dolorido. Y lo estoy, no sólo con mi lumbalgia, sino con quien se salta las reglas en beneficio propio sin pensar en las consecuencias que ello conlleva para todos, esos Jueces a los que antes me refería, incluidos. Lo estoy no solo con mis vértebras, sino con el Estado, que no protege debidamente a sus Jueces y Magistrados, mujeres y hombres, quienes demuestran día a día ser reducto de libertad y compromiso. Estoy lacerado, no sólo con mi zona lumbar, sino con los otros Poderes que sólo se acuerdan del Judicial, cuando no les queda más remedio. Que no se acuerdan de esas escasas cuatromilquinientas efectivas personas, ya jóvenes en su mayoría, cuyos ingresos económicos, medios y horario de trabajo, estaría bien difundirlos para realizar comparaciones. De esas personas preparadas, dignas, que cumplirán lo que han prometido o jurado al tomar posesión, tras aprobar tras un duro camino de sacrificio y esfuerzo que acaba en la Escuela Judicial de Barcelona. De un Poder, al que desgraciadamente no se le apoya de manera suficiente y que se ha demostrado fresco y limpio, pese a zancadillas en su contra. Un Poder que se ha mantenido pese a muchos y que se mantendrá como dique de contención ante arbitrariedades y experimentos caóticos.

Estoy cansado y debo acostarme. Vendrán mejores tiempos.

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