Foto: LA NACION / @bettapique

RANGUN.- El papa Francisco tuvo hoy su primer y único baño de multitud en Myanmar, país de mayoría budista, donde celebró una misa al aire libre ante 150.000 fieles de la pequeñísima comunidad católica, a quienes alentó a ser “testigos de la reconciliación y la paz que Dios quiere que reine en todos los corazones de los hombres y en todas las comunidades”.

“Sé que muchos en Myanmar llevan las heridas de la violencia, heridas visibles e invisibles”, dijo Francisco en su sermón, consciente de que Myanmar es un país marcado a fuego no sólo por una dictadura que duró 60 años, sino también por conflictos étnicos y religiosos aún irresueltos. Entre ellos, el drama de la minoría islámica rohingya, así como las enormes dificultades de otros grupos minoritarios, como los shan, chin y karen, en su mayoría cristianos, también discriminados y muy pobres.

“Existe la tentación de responder a estas heridas con una sabiduría mundana. Pensamos que la curación pueda venir de la ira y de la venganza. Sin embargo, el camino de la venganza no es el camino de Jesús. El camino de Jesús es radicalmente diferente. Cuando el odio y el rechazo lo condujeron a la pasión y a la muerte, él respondió con perdón y compasión”, dijo el Papa, en una homilía que pronunció en italiano, traducida enseguida al birmano por un colaborador.

Debido al calor la misa, que celebró en el Kyaikkasan Ground, un amplio parque que durante el período colonial británico fue un hipódromo, comenzó muy temprano, a las 8 y media de la mañana (9 horas y medio más en la Argentina). Y estuvo marcada por un clima de inmenso recogimiento, mucho más espiritual que en cualquier misa que celebra el Papa en Occidente. Reinaba el silencio entre la multitud, que siguió atentamente la celebración -que fue en inglés, latín y birmano-, con oraciones en shan, chin, tamil, karen, kachin y kayan, dialectos de este país formado por 135 etnias.

Cuando Francisco llegó al lugar en papamóvil, mientras repicaban las campanas, no hubo gritos de júbilo, sino que la gente se limitó a agitar banderitas del Vaticano y de Myanmar, con una alegría contenida, respetuosa, típicamente oriental.

Francisco, que concelebró con centenares de sacerdotes, obispos y cardenales de diversos países de esta región, habló desde un altar imponente, de colores rojos y dorados, de estilo oriental. Y elogió el trabajo que ellos y la Iglesia católica hace en este país, uno de los más pobres del sudeste asiático, a través de obras misionales y de caridad.

“La Iglesia en este país está ayudando a un gran número de hombres, mujeres y niños, sin distinción de religión u origen étnico”, destacó. “Soy testigo de que la Iglesia aquí está viva, que Cristo está vivo y está aquí con ustedes y con vuestros hermanos y hermanas de otras comunidades cristianas”, agregó.

En un sermón lleno de palabras de aliento para la minoría católica -apenas 700.000 personas, el 1% de la población-, el ex arzobispo de Buenos Aires también volvió a sorprender por su lenguaje llano y acorde los tiempo. De hecho, aseguró que el mensaje de perdón y misericordia de Jesús “es como un GPS espiritual que nos guía de manera inexorable hacia la vida íntima de Dios y el corazón de nuestro prójimo”.

Entre la multitud, que por medidas de seguridad tuvo que llegar al inmenso parque a las dos de la mañana, no sólo había gran parte de los 700.000 católicos de este país, venidos hasta Rangún de regiones muy remotas, algunos vestidos con trajes tradicionales. También había fieles llegados de países del Sudeste Asiático, como Tailandia, Malasia, India y Vietnam. Además, algunos budistas y musulmanes rohingya, admiradores de Francisco.

“Desde Vietnam vinimos un grupo de 800 personas”, contó a La Nación Joseph Phan, novicio jesuita de 21 años, entusiasmado como la mayoría de los presentes por ver al Papa, jesuita como él, por primera vez en su vida. “Nosotros viajamos tres días para ver al Santo Padre”, contó Catherina Ylee, de la minoría shan, que llegó con un centenar de personas de este estado fronterizo con Tailandia. Con rosario al cuello y banderitas del Vaticano, Catherine aseguró que para ella ver a Francisco era “un sueño”.

“Para el pueblo de Myanmar es un honor que el Papa haya venido hasta aquí. Sabemos que él tiene invitaciones desde todo el mundo, pero él eligió Myanmar, porque sabe que necesitamos de su palabra”, dijo Michael Rustom, empresario que viajó desde Los Angeles, Estados Unidos, donde vive, para asistir a la misa. “Happy, very happy”, se manifestó también Richard Simon, chófer que vive en esta ciudad, que pese al calor, muy soportable porque estaba nublado, disfrutó cada segundo de la misa, marcada por lindísimos coros y cantos. “¿Qué espero de esta visita del Papa a mi tierra? Que ayude al país a pacificarse”, dijo.

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