Hay espacios que requieren generaciones para ser atravesados. Eso ocurre con los 150 kilómetros que separan Cuba de Estados Unidos. Un trayecto de alta complejidad donde la Casa Blanca ha desandado este año una buena parte de lo avanzado en el último tercio del mandato de Barack Obama. Con el presidente Donald Trump se ha puesto fin al deshielo, recrudecido las relaciones comerciales, purgado al conglomerado militar y dificultado el turismo. El golpe ha sido considerable. Pero no definitivo. Washington, pese a su retórica, ha mantenido su Embajada en La Habana y se ha cuidado mucho de restablecer la política de pies secos, pies mojados que permitía entrar a los cubanos sin visado en EEUU.

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