Foto: Zimbauenses celebran con soldados la caída de Mugabe, en la capital, Harare, el 21 de noviembre de 2017. (Reuters)
Zimbauenses celebran con soldados la caída de Mugabe, en la capital, Harare, el 21 de noviembre de 2017. (Reuters)

23/11/2017 - 005:00 H. – Actualizado: 4 H.

Al viejo Robert Mugabe le habían dado un ultimátum: a más tardar, el lunes 20 de noviembre a mediodía tenía que dejar de gobernar Zimbabue. El domingo se avisaba que por la tarde el mandatario iba a hablar en la televisión pública de este país africano. Todo el mundo esperaba una cosa: su dimisión. Llevaba una semana bajo arresto domiciliario y su única aparición pública en aquellas circunstancias había sido en un acto de la universidad como si no pasara nada, como si su estabilidad no estuviera puesta en entredicho. Además, por la mañana, su partido lo había expulsado como líder. En ese discurso televisivo iba a dimitir, qué si no. La noticia se expandía como la pólvora entre las principales agencias de comunicación, los periodistas se preparaban para informar de un momento histórico: el fin de la era Mugabe tras 37 años en el poder, casi 30 de ellos como presidente del país.

Lo que ocurrió fue diferente. Acompañado por varios militares, el mandatario leyó su discurso durante unos veinte minutos. Una intervención laberíntica y desconcertante terminada con un “gracias y buenas noches” seguido de aplausos de los propios militares que esperaban su dimisión. No, Mugabe no dimitió. Medios como ‘The Guardian’ calificaron aquello como “otro extraordinario día en la Historia de Zimbabue” para definir lo que acababa de pasar. Los periodistas escribían: ‘URGENTE: ¡Mugabe no dimite!’. Hasta que lo hizo este martes a través de una carta leída por el presidente del Parlamento y con la que se interrumpía la sesión en la que se estaba discutiendo una posible moción de censura. Los aplausos volvían a oírse, esta vez de alegría en la cámara.

En los últimos meses puede verse un cambio de paradigma en la política africana. No obstante, es una realidad que lleva tiempo gestándose

En lo que llevamos de año tres presidentes del continente africano que parecían eternos han dejado el poder. Y lo han hecho por tres motivos diferentes. A Yahya Jammeh, presidente de Gambia desde 1994, lo expulsaron en enero los resultados de las urnas de las últimas elecciones presidenciales. Jammeh se resistió muchísimo, pero ganó la voz del pueblo, apoyada por la intervención de Senegal y la mediación de la CEDEAO (Comunidad Económica de Estados de África Occidental). A José Eduardo Dos Santos, presidente de Angola desde septiembre de 1979, lo que le hizo retirarse definitivamente a finales de septiembre fue la salud. De hecho, ya había realizado varios viajes por este motivo a España. Este martes le tocó el turno al presidente de Zimbabue, Robert Mugabe, en una dimisión forzada y “con efecto inmediato”, tras una semana de lucha interna por el poder, desencadenada pocos días después de que destituyera al vicepresidente, Emmerson Mnangagwa, quien se disputaba la sucesión del mandatario con la mujer de éste, Grace Mugabe.

Robert Mugabe es conocido como uno de los ‘dinosaurios’ africanos, calificativo que se da a los presidentes de este continente que sucumben a la tentación de eternizarse en el poder. Pero él no ha sido un ‘dinosaurio’ solo por sus 30 años gobernando Zimbabue con mano de hierro, también lo es por sus 93 años que lo convertían en el mandatario actual más longevo del planeta. El ‘dinosaurio’ africano por excelencia es Teodoro Obiang Nguema, presidente desde agosto de 1979 de Guinea Ecuatorial, excolonia española. Le siguen Paul Biya, presidente de Camerún desde hace 35 años; Denis Sassou-Nguesso, presidente de Congo desde hace 33 años; Yoweri Museveni, presidente de Uganda desde hace 31 años; Omar el-Bachir, quien suma ya 28 años presidiendo Sudán; Idriss Déby, 27 años presidente de Chad, o Issayas Afewerki, presidente de Eritrea desde hace 26 años.

Otros casos de mandatarios que llevan menos tiempo, pero que se aferran al poder, son el de Pierre Nkurunziza, presidente de Burundi desde 2005, o el de Joseph Kabila, quien preside la República Democrática del Congo desde 2001 tras la muerte de su padre Laurent-Désiré Kabila, quien gobernó este país desde 1997. Padre e hijo suman en el poder 20 años.

Teodoro Obiang, presidente de Guinea Ecuatorial, durante el funeral por Adolfo Suárez, en Madrid. (Reuters)
Teodoro Obiang, presidente de Guinea Ecuatorial, durante el funeral por Adolfo Suárez, en Madrid. (Reuters)

Con la salida de los presidentes de Gambia, Angola y Zimbabue, en los últimos meses puede verse un cambio de paradigma en el panorama político africano. No obstante, es una realidad que lleva más tiempo gestándose, pero que cada vez se evidencia más. Ya en 2012, en Senegal, el movimiento de contestación pacífica “Y‘en a marre”, constituido por raperos y periodistas, logró una movilización juvenil tal que consiguió que Abdoulaye Wade, en el poder desde el año 2000, fuera derrotado en las urnas por el actual presidente tras presentarse a las elecciones a sabiendas de que superaba el límite de mandatos establecido en la Constitución.

A finales de 2014 ocurrió algo parecido en Burkina Faso. El movimiento ciudadano Balai Citoyen, inspirado y apoyado por el “Y’en a marre” (Del francés, estoy harto) senegalés, comenzó una campaña de sensibilización entre la población para explicarles lo poco que les convenía que el presidente en el poder desde hace 27 años, Blaise Compaoré, lograra modificar el artículo 37 de la Constitución para ampliar aún más su mandato. Compaoré y los suyos decidieron que esa modificación se votaría en la Asamblea Nacional en lugar de realizarla mediante referéndum. Sin embargo, aquella mañana, antes de que la votación tuviera lugar, la Asamblea Nacional fue incendiada por manifestantes. Un día después, Compaoré huía de Burkina Faso y se exiliaba en Costa de Marfil, donde reside actualmente.

El modo en que el pueblo burkinés consiguió derrocar al dictador se convirtió en un motivo de orgullo para Burkina Faso y un modelo a imitar por otros jóvenes del continente africano que buscan un cambio. África subsahariana es una región donde la población es muy joven y muchos no han conocido la alternancia política. Así, la gran mayoría de los jóvenes africanos no se siente identificada con los gobernantes eternizados en sus sillones presidenciales, ni los considera aptos para resolver sus problemas, como el desempleo.

Además de “Y’en a marre”, en Senegal; o Balai Citoyen, en Burkina Faso, existen otros movimientos ciudadanos por todo el continente. Algunos ejemplos son “Ça suffit”, “Filimbi” y Lucha, en República Democrática del Congo, donde en diciembre de 2016 finalizó el mandato del presidente Joseph Kabila pero actualmente permanece en el poder tras varias excusas, como la de que el censo electoral no está actualizado. Otros movimientos son “Trop c’est trop” o “Ça suffit” en Chad; “Ça suffit comme ça”, en Gabón; Dinamique Citoyenne, en Camerún, o la Campaña “Halte au troisième mandat” de 2015 en Burundi, creada por 304 organizaciones de la sociedad civil contra el tercer mandato de Nkurunziza, un líder que sigue gobernando este país africano con censura y represión.

La calle es el medio que utilizan estos jóvenes para manifestar sus desacuerdos y preocupaciones. Las redes sociales son el instrumento con el que movilizar a la juventud para la que, como ocurre en Europa, el teléfono móvil se ha convertido en un imprescindible. La red social que más se utiliza es Facebook, aunque en países como Burkina Faso destaca el uso de Twitter. También en chats y Viber, similar al Whatsapp, se crean grupos donde debatir y organizar ideas para poder gestionar mejor las reivindicaciones callejeras.

Aunque aún siguen habiendo bastantes presidentes en África subsahariana que se aferran al poder, parece que los jóvenes van dejando cada vez más claro que quieren, que necesitan, un cambio y que están hartos. Un rasgo positivo que comparten las últimas destituciones de gobernantes africanos es que han tenido lugar sin golpes de estado, si se tiene en cuenta que lo ocurrido estos últimos días en Zimbabue es una “transición asistida por los militares”, expresión utilizada en los círculos que habían tomado el poder hace ya siete días, puesto que la idea no es que gobiernen los militares sino que el sucesor de Mugabe sea el vicepresidente y no su mujer. Igualmente, el caso de Gambia con la caída de Yahya Jammeh el pasado 21 de enero fue un ejemplo de salida del poder de un dictador sin violencia.

No obstante, pueden observarse dos problemáticas cuando cae un presidente que se ha perpetuado durante años en el poder. Por un lado, que en algunos casos deja de gobernar pero sigue haciéndolo su partido o miembros de su partido con un nuevo nombre, siendo ‘el mismo perro con distinto collar’. Es el caso de Burkina Faso, donde el partido gobernante está constituido por personas que presidieron junto a Blaise Compaoré, o el de Zimbabue, donde el ejército pasará el testigo al vicepresidente Emmerson Mnangagwa. Por otro lado, tras haber luchado contra lo que consideraban que impedía que sus condiciones de vida mejorasen, el pueblo se encuentra con que la situación sigue igual o empeora. Esto último se percibe actualmente en Gambia, donde algunos ciudadanos dicen que el gobierno no está haciendo nada o en Burkina Faso, donde tras dos años sin Blaise Compaoré muchos burkineses advierten que las cosas están peor. Dice un joven que ahora Internet no funciona como antes, las llamadas se cortan demasiado, la gente es más pobre, el dinero no se mueve… “Parece que al irse Blaise Compaoré se hubiera llevado todo consigo”, indica frustrado.

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