Fidel Castro durante su visita a Moscú en 1986

A un año de la muerte de Fidel Castro, Sputnik les presenta un fragmento del libro ‘Fidel, como un colibrí’, basado en una entrevista inédita al líder de la Revolución cubana.

El libro, de nuestro colaborador Diego Manuel Vidal, fue publicado en octubre de 2017 en Argentina por la Editorial Nuestra América. Incluye además un prólogo de Silvio Rodríguez y 26 fotos, así como fragmentos de discursos o frases.

Despuntaba diciembre. Era un día apacible, soleado y con una agradable temperatura que anunciaba la cercanía del invierno caribeño. Las calles de La Habana tenían el hervidero normal de un día de semana, como todos los viernes el trajín de las guaguas (ómnibus) se llenaba con los estudiantes que salían de las becas de El Vedado hacia sus casas. La Capital cubana estaba tironeada en esa jornada por dos eventos contrastantes, pero de multitudinaria convocatoria. Comenzaba el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, que atraía artistas y visitantes de todo el mundo, además de los cientos de cubanos que podían aprovechar a ver cine de todas las calidades y después pasarse horas en las calles discutiendo sobre el séptimo arte.

En la otra punta de la ciudad se desarrollaba el X Encuentro del Foro de Sao Paulo, una reunión de carácter político que concentraba dirigentes de toda América Latina y los más de 1.200 participantes lo confirmaban. Así que al cotidiano movimiento de las calzadas habaneras se le agregaban los extranjeros, llegados a la isla con las dificultades que el momento planetario proporcionaba. Dos meses antes, el 11 de septiembre del 2001, un triple atentado terrorista sacudía a la humanidad. La paranoia imperial de Estados Unidos, golpeado en el corazón financiero de Nueva York, señalaba enemigos por doquier y subirse a un avión significaba riesgos impredecibles.

Los tambores de guerra de George W. Bush sonaban en busca de venganza o justificación para cobrar cuentas históricas con sus adversarios. Y Cuba era uno de ellos, el más cercano geográficamente y que al mismo tiempo llevaba décadas desafiando a la mayor potencia mundial sin rendirse. Entonces la visita al foro, que esta vez organizaba la Revolución cubana, tenía participaciones rutilantes: Luiz Inácio ‘Lula’ da Silva, Evo Morales (en ese tiempo un dirigente cocacolero boliviano cuya imagen comenzaba a surgir fuera de las fronteras de Bolivia), el ex jefe guerrillero salvadoreño Schafik Hándal, del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, entre otros dirigentes de la izquierda latinoamericana.

Esa mañana decidí dirigirme al Hotel Nacional, sede del Festival, a husmear un poco la farándula y de paso cruzarme con algunos argentinos con quienes intercambiar noticias de la patria común. En mi carácter de corresponsal cubría distintos aspectos informativos de Cuba, que servían al programa de televisión que en esos tiempos realizaba para un canal de cable argentino. También intercalaba algunas tareas como freelance, con colaboraciones en la prensa local, por lo que andar por ámbitos tan disímiles como el brillo de las luces cinematográficas y las luminarias revolucionarias, no era contradictorio en mi ejercicio del periodismo.

Cuando traspasé la entrada de El Nacional, emblema de la hotelería insular, lugar testigo de la historia de este país y con una privilegiada ubicación por sobre el nivel del mar frente al Malecón, sentí enseguida la atmósfera más fútil que envuelve a la cultura del cine y me relajé dispuesto a conversar con quien se prestase.

Pasado el mediodía, después de haber estado en una plática suelta e informal en un rincón del amplio jardín del hotel, llegó uno de los organizadores con el aviso de que ya estaba listo el transporte para ir al estreno del film argentino ‘Nueve reinas’. Los avisados se levantaron y convidándome a acompañarlos, encararon hacia la salida. De ese modo acabé compartiendo aplausos y felicitaciones del público con mis coterráneos Ricardo Darín y Gastón Pauls, consagrados actores ambos, al finalizar la función en el cine Payret de La Habana Vieja.

Salimos de la sala cuando atardecía y antes de despedirme prometí reencontrarnos después de la cena. Algo que no llegaría a cumplir una vez decidido a asistir a la clausura del Foro de Sao Paulo, que sin dudas realizaría el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.

Llegué al Palacio de Convenciones en un ‘almendrón’, esos automóviles sobrevivientes de los años 50 pero que aún se empecinan en recorrer la ciudad como taxis particulares. Pagué los diez pesos del viaje desde el Parque La Fraternidad hasta el municipio Playa, pero sólo me llevó a un punto desde donde tuve que caminar apretando el paso porque atardecía y necesitaba pasar antes por la revisión técnica habitual, donde miembros de la Seguridad del Estado chequean todo lo que uno lleva encima, lo huelen con perros adiestrados y manipulan en busca de cualquier cosa que pudiese atentar contra la vida de Fidel y quienes estaban presentes en el lugar. Para mi sorpresa esta vez los controles estaban demasiado laxos, sólo una máquina detectora de metales en la puerta de acceso principal me esperaba con el solitario guardia que, con un ademán aburrido, señaló por dónde debía pasar yo y después de mirar lo que llevaba en mi chaleco cedió el paso. Extrañado por tal despreocupación, entré con prisa que después resultó innecesaria porque todos los delegados al Foro se disponían a cenar antes del cierre final. A los gritos sentí mi nombre y entre la gente vi a un fotógrafo del periódico Juventud Rebelde que hacía gestos con sus manos para que lo siguiera. Estaba convidándome a comer con la prensa cubana, que no debía pagar en divisas por alimentarse en ese lugar, y ellos me consideraban uno más. Acepté sin dudarlo. No sé si fueron los nervios, la premura en ingerir o una mezcla de ambas cosas, pero luego lamentaría las consecuencias estomacales que casi ponen en riesgo la existencia misma de este libro.

Después de cenar y al entrar en el hemiciclo del PALCO, fui a ubicarme en el espacio indicado para los periodistas extranjeros, cuando entonces entró Fidel Castro y se ubicó en el centro del estrado, acomodó el micrófono y mirando a su alrededor dijo con sorna: “voy a pararme aquí para controlar que nadie se duerma”. Se descargó la carcajada general de quienes corrían a sus asientos, sorprendidos todavía con la presencia del Comandante. Comenzaba el cierre del Foro de Sao Paulo. Eran las nueve de la noche y Fidel arrancaba su exposición que acabaría cinco horas después.

Recuerdo haber tomado cantidades incontables de ‘buchitos’ de café, que servían por cuarenta centavos en los pasillos del Palacio. Así sostuve, a veces de pie o sentado en el suelo, la maratónica oratoria de Fidel. Cuando cerró con el clásico “Hasta la victoria siempre”, daban las cuatro de la madrugada. Los espectadores comenzaron a abalanzarse sobre sus pertenencias para no perder los transportes a los hoteles, algunos iban hacia el proscenio donde Castro bromeaba con los delegados que aún se despabilaban y trataban que no se les notaran en los rostros las huellas de un sueño recién echado. El Comandante también bromeó con los que estaban abajo y por alguna razón comenzó a hablar de vinos cuando me encontraba entre el público en busca de alguien que estuviera motorizado y pudiese acercarme a casa. Allí le recordé que un expresidente argentino le enviaba botellas de su propia bodega. Fidel fijó su vista en mí sonriendo, y confesó ante todos: “esos no los bebo, si quieres te los regalo a ti…”. Risotada general ante mi negativa a recibir ese presente, entonces nos dice que debe ir a cumplir con una cena comprometida con cuatro periodistas extranjeros. “Si son cuatro, pueden ser cinco”, le dije.

“¿Quién es el quinto?”, preguntó. Levanté el brazo derecho y con la mano izquierda señalé mi pecho. Entrecerró los ojos, como si lo hubiese acorralado, y con el dedo índice señaló el camino que debía recorrer para sumarme al convite. Cuando pasé junto al ministro de Cultura de Cuba, Abel Prieto, éste me dijo al oído “mañana me cuentas, no sabes la velada que te espera” y soltó una risa socarrona.

Me sumé al resto de los colegas y dos fortachones escoltas nos guiaron al interior de un pasillo, subimos escaleras internas y acabamos en una especie de living. Allí nos quedamos a esperar. Todos estábamos ansiosos, con los nervios tan cargados que el cansancio acumulado se disolvía en la adrenalina de calcular las preguntas y los temas que aparecerían en la tertulia.

Luego de dos horas entró Fidel, como un torbellino comenzó a dar explicaciones y pedir disculpas por la demora. Apoyado sobre sus nudillos en la mesa ubicada en el centro de la sala, nos invitó a cenar. Eran las seis de la mañana. Poco después extendería la proposición para desayunar y más tarde almorzar, sin necesidad de levantarnos de las sillas.

La comida estaba servida. Nos esperaban rodajas de langosta, con ensalada y mojitos para comenzar. Rechacé la bebida porque mi estómago estaba dándome alertas preocupantes. Llamé al camarero y le comenté mi malestar. Como si adivinara mi pensamiento, salió y regresó con un vaso de whisky con hielo. Fueron tres o cuatro las veces que repitió la escena y así, más animado, recuperé la tranquilidad digestiva.

Fidel no tomaba alcohol, tampoco probó el marisco. Delante de él se iban acomodando frutas tropicales cortadas, queso blanco y yogurt. Entre el ruido de los cubiertos y platos, comenzó a hablar. Allí mismo nos miramos y todos caímos en cuenta de que no tendríamos casetes suficientes para grabar el diálogo, ni le habíamos pedido permiso para hacerlo. Entonces Castro indicó a su secretario que nos ayudara. De inmediato volvió el mesero trayendo en su bandeja varias cintas vírgenes para nosotros y un grabador para Fidel.

“Yo también los voy a grabar, para que después no anden publicando cualquier cosa”, nos alertó con ironía y todos aflojamos la tensión entre risas. Así comenzaba una entrevista que duró ocho horas y con fondo gastronómico.

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