Foto: Un soldado del Ejército filipino patrulla una calle en Marawi (Filipinas), el 14 de septiembre de 2017. (EFE)
Un soldado del Ejército filipino patrulla una calle en Marawi (Filipinas), el 14 de septiembre de 2017. (EFE)

30/11/2017 - 005:00 H. – Actualizado: 7 H.

Cuando a finales de verano el ejército filipino lanzó la ofensiva final contra los yihadistas que habían tomado la ciudad de Marawi, en Mindanao, se encontró con la presencia no solo de cientos de combatientes indonesios, sino también de algunos miembros iraquíes del Estado Islámico, veteranos de Mosul, enviados para ayudar a los luchadores locales a establecer el mismo tipo de resistencia que el grupo llevaba a cabo en Irak y Siria. Los árabes no solo aportaron su experiencia, sino también unos dos millones de dólares sacados de Oriente Medio. Y a medida que la organización pierde territorio en el Levante, los nuevos licenciados de la yihad global aparecen con una frecuencia cada vez mayor en otros teatros. El Califato desaparece, pero la idea no. La amenaza solo cambia de escenario.

El patrón es conocido: a principios de los 90, los ‘árabes afganos’, con experiencia en la yihad contra los soviéticos, regresaron a sus lugares de origen y crearon insurgencias locales que sembraron la muerte en toda la región, especialmente en países como Argelia, Egipto y Turquía. Ahora, los expertos advierten de que el fenómeno podría repetirse, pero con una intensidad inédita. Algunos, procedentes de naciones occidentales, están volviendo a casa y en algunos casos podrían tratar de atentar allí. Pero otros muchos, comprometidos con el carácter global de su causa, están viajando a nuevos frentes para seguir combatiendo.

El ex agente del FBI Ali Soufan, uno de los primeros en alertar sobre la amenaza que suponía Al Qaeda a finales de los años 90, compara el panorama actual con el que se abrió tras el final de la yihad afgana. “El número total [de yihadistas extranjeros en Afganistán] era de solo unos diez mil, y miren el caos que provocaron. Comparen eso con los más de 40.000 de hoy, con sus habilidades comunicativas”, le dijo a Robin Wright, de la revista The New Yorker, a finales de octubre. Su consultoría de inteligencia privada, el Grupo Soufan, una de las principales autoridades mundiales a la hora de monitorizar los movimientos de los yihadistas, acababa de publicar un influyente informe titulado “Más allá del Califato: los combatientes extranjeros y la amenaza de los retornados”.

Ese documento ha sido pionero en resaltar como tendencia global lo que muchos observadores ya venían observando a nivel local: la emergencia o el rebrote de focos yihadistas en puntos de la geografía muy alejados entre sí, que contradicen la narrativa triunfalista sobre la derrota del Estado Islámico. “El Sudeste Asiático, por ejemplo, ha visto no solo un influjo de retornados, sino también cierto número de combatientes extranjeros que parecen haber elegido ir allí antes que regresar a sus casas”, señala el informe. “La presencia del Estado Islámico en Libia ha sobrevivido a la pérdida de su territorio en la costa, y ha atraído reclutas de los países vecinos, así como de la propia Libia”, indica poco después. Somalia o Afganistán son otros dos escenarios mencionados por el Grupo Soufan.

El salvaje atentado del pasado viernes contra una mezquita sufí cerca de la localidad egipcia de Rafah muestra que el Sinaí -declarado oficialmente ‘provincia del Califato‘- es uno de esos frentes. Según datos del Centro Woodrow Wilson, “los combatientes extranjeros -en gran medida de Libia, el Magreb y Europa- han emigrado al Sinaí, donde constituían hasta el 80 por ciento de la fuerza combatiente de la Provincia del Sinaí para mediados de 2017”. Otro informe de la Institución Brookings publicado esta semana afirma: “El Sinaí es un eslabón crucial en el corredor yihadista de Asia a África. Yihadistas de Irak y Siria pueden moverse a través de células con base en el Sinaí a Libia y otras partes del norte de África y el Sahel. La ruta funciona en ambas direcciones: en 2013, expertos de la ONU alertaron de que algunas armas estaban saliendo de Libia a través del Sinaí a teatros en el resto de Oriente Medio”.

Militantes yihadistas en Somalia
Militantes yihadistas en Somalia

De punta a punta de África

Por su proximidad a Europa, el de Libia es el conflicto que más preocupa a los expertos. En julio, el International Crisis Group alertaba sobre la posibilidad de que se forme un nuevo núcleo yihadista en el país y se extienda a los países vecinos del Magreb. “Antes de la Operación Bunyan Marsous [contra la rama libia del ISIS], se cree que unos 6.000 miembros del ISIS se hallaban en el área de Sirte, la mitad combatientes y la otra mitad a cargo de la logística. Sin embargo, se estima que menos de 2.000 de esos miembros han muerto, lo que sugiere que o bien las primeras estimaciones estaban infladas o muchos lograron escapar”, decía este think-tank. “Entre los que escaparon, se cree que muchos siguen en Libia, moviéndose en pequeños grupos y concentrándose en el desierto al suroeste de Sirte”.

“Lo que hemos visto hasta ahora es que el ISIS en Sirte se ha dividido en varios componentes. Los libios se han confundido con el terreno, en sus comunidades y mantienen un perfil bajo”, afirma un alto oficial de inteligencia europeo citado por el Crisis Group, que, sin embargo, dice que por ahora la expansión por el Sahel no es un problema: “Nos ha sorprendido haber captado signos de apenas unos pocos dirigiéndose hacia Níger y Mali. Nos preocupaba que llevasen su experiencia a los locales allí, pero creemos que el norte de Mali no es una zona segura para yihadistas, Francia está muy activa allí y es difícil para ellos. Y no tienen una adhesión particular a las causas malienses, y no son bienvenidos por sus rivales en Al Qaeda en el Magreb Islámico”, comenta.

En África oriental, en cambio, el panorama es diferente: “En Somalia, un grupo de miembros de Al Shabaab dirigidos por un somalí con nacionalidad británica juró lealtad al Estado Islámico en octubre de 2015, y aunque ha habido pocas evidencias de un flujo inmediato de reclutas extranjeros, el grupo aún podría atraer a la diáspora somalí que teme que Al Shabaab los vea con suspicacia, así como a combatientes del ISIS de Yemen”, dice el Grupo Soufan. “Otro grupo de partidarios del ISIS en África oriental ya ha atraído a reclutas de Kenia, Somalia y Tanzania, y también competirá con Al Shabaab por los miembros de la diáspora”, añade.

Pero tal vez el bastión donde la nueva generación de yihadistas se está haciendo más fuerte sea Afganistán, el núcleo de la llamada ‘Provincia de Jorasán’ del Califato. “El ISIS está organizando nuedas unidades de combatientes en el norte de Afganistán. Oficiales locales y residentes de la provincia de Jowzjan aseguraron a principios de noviembre que combatientes extranjeros del ISIS de Francia, Sudán, Chechenia, Uzbekistán y Tayikistán estaban reclutando a locales y entrenando a niños como suicidas”, señala un reporte del Instituto para el Estudio de la Guerra de Washington (ISW).

“El ISIS está usando santuarios en Afganistán y Pakistán para planear ataques en Estados Unidos. Operativos del ISIS en Pakistán, Canadá y Filipinas planearon un gran atentado coordinado contra Nueva York a principios de 2016, según el Departamento de Justicia de EEUU. La célula planeaba matar a civiles en Times Square usando armas de fuego y chalecos suicidas, usando el explosivo TATP [triperóxido de triacetona] seña de identidad del ISIS (…). La disposición geográfica indica que el ISIS ha desviado más actividades operativas externas fuera de Siria e Irak. El ISIS previamente exportó una célula de operaciones externas a Libia en diciembre de 2015, que está apoyando la campaña de atentados en Europa“, señala el ISW. Esta célula, conocida como Katibat Al Battar, estuvo detrás del atentado de Manchester, y una de sus matrices, escindida previamente, acabaría siendo el germen del grupo responsable de los ataques de París y Bruselas. La yihad global no ha muerto, y las consecuencias nos afectan a todos.

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