Foto: Vicente Cañas, cuando ya vivía entre la comunidad indígena Enawenê Nawê. (Jesuitas)
Vicente Cañas, cuando ya vivía entre la comunidad indígena Enawenê Nawê. (Jesuitas)

28/11/2017 - 19:34 H.

Tenía solo 48 años cuando alguien se llevó a Vicente Cañas. Nacido en Alborea (Albacete) en 1939, con 22 años ingresó en el noviciado jesuita de San Pedro Claver, en Lleida, de donde salió convertido en misionero. En 1966 llegó a Brasil y dos años después al estado de Mato Grosso, la misma tierra que lo vio morir. Cañas fue asesinado un día indeterminado, probablemente un 6 o un 7 de abril, en 1987. Su cuerpo apareció casi 40 días después.

Pasó el tiempo y siguió pasando, hasta que finalmente comenzó un procedimiento judicial para evaluar todo lo que había sucedido y, en 2006, 19 años después de la muerte del jesuita español, la Justicia no declaró culpables: seis personas habían sido acusadas de su asesinato, dos de las cuales ya estaban muertas cuando comenzó el procedimiento. Otros dos acusados tenían más de 80 años, por lo que se sobreseyó el caso y los otros dos fueron absueltos entonces. Ahora, 30 años después de la brutal muerte del misionero, que compartió la mayor parte de su vida con la comunidad indígena brasileña, Brasil reabre su caso.

Álvaro Van den Brule

La única persona que puede ser juzgada por este caso y que sigue con vida es Ronaldo Antônio Osmar, entonces delegado de la Policía Civil, ya jubilado. Se cree que la orden de su asesinato procedía de Pedro Chiquetti, propietario de una hacienda que quería arrebatar a la comunidad unas tierras que llevaban décadas perteneciendo a la población indígena. A Cañas lo conocía la comunidad Enawenê Nawê como ‘Kixwí’, el nombre que reza en la tumba que los indígenas brasileños prepararon tras recuperar su cadáver. Kixwí se unió a este grupo indígena para sumarse a su lucha en favor de la demarcación territorial tradicional.

Tumba de Kixwí, como se conocía a Vicente Cañas en la comunidad indígena. (Jesuitas)
Tumba de Kixwí, como se conocía a Vicente Cañas en la comunidad indígena. (Jesuitas)

Chiquetti, el presunto ‘cerebro’ del asesinato de Cañas, habría enviado a sus tres ejecutores a por él. Pero de todos los implicados en el caso solo sigue con vida Osmar, a quien el Ministerio Fiscal acusa de haber ocultado pruebas importantes para el juicio. El cráneo de Vicente Cañas, roto a causa de la violencia cometida contra el misionero jesuita, es una de las pruebas que desaparecieron durante el procedimiento. Apareció después en una caja en una estación de autobuses del estado de Minas Gerais. En algún momento se señaló que el hacendado había pagado al responsable de la Policía Local para esconder pruebas y así poder ralentizar la investigación.

Diez años después, un jurado diferente decidirá si existen o no pruebas suficientes para condenar a Osmar por haber sido intermediario entre los hacendados que ordenaron el crimen y los autores materiales, delito por el cual fue absuelto entonces.

Vida con la comunidad indígena

Kixwí decidió junto a otro compañero misionero, Thomaz Aquino Lisbôa, trasladarse al noreste de Mato Grosso, donde se concentraban, en zonas aisladas, diferentes comunidades indígenas, entre ellas la de los Mÿky y la de los Enawenê Nawê. Ambos fueron fundadores del Consejo Indigenista Misionero de Brasil (CIMI). Cuando los dos misioneros llegaron a la comunidad, solo formaban parte de ella 97 personas; a día de hoy, son en torno a un millar. Es, en parte, gracias al trabajo de Vicente Cañas, quien los ayudó a luchar contra los hacendados que querían hacerse con sus terrenos.

Desde 1975, Cañas dedicó toda su vida a los Enawenê Nawê: acabó convirtiéndose en uno de ellos. Participaba en sus rituales, iba con ellos a pescar, trabajaba con ellos en las plantaciones de yuca, en la recolecta de miel… Incluso aprendió su lengua. Terminó por ser uno de ellos. Durante su periodo como misionero en esta zona de Mato Grosso se construyó una cabaña junto al río Juruena, a unos 60 kilómetros de la aldea comunitaria, para sus retiros espirituales y las cuarentenas que llevaba a cabo para evitar enfermedades a su pueblo. Desde allí llegaba al pueblo Enawenê Nawê subiendo río arriba durante seis horas con su embarcación.

Foto: Jesuitas.
Foto: Jesuitas.

Junto a su barraca fue donde encontraron su cuerpo, momificado, días después de ser asesinado. Y su cabaña, completamente revuelta. El cráneo, que luego desapareció temporalmente, estaba roto por un duro golpe, y en el abdomen tenía una herida de arma blanca. Además, le habían extraído sus genitales, arrancados o cortados, probablemente para que muriera desangrado. La Compañía de Jesús lo atribuye a un milagro, pero lo cierto es que los animales silvestres no devoraron su cuerpo. Sus amigos no han dejado de valorar su trabajo en Brasil. “Es el misionero contemporáneo que llegó a mayor nivel de inculturación. Nació español, se nacionalizó brasileño y se inculturó Enawenê Nawê”.

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