Hariri, ayer, tras su arribo a Beirut
Hariri, ayer, tras su arribo a Beirut. Foto: AFP

TÚNEZ.- Con sus 17 comunidades religiosas enclaustradas en un pequeño rincón de una región altamente inflamable, el Líbano es uno de los países más complejos del mundo. También, de los más vulnerables, siempre a merced de la última guerra -fría o caliente- regional. Antiguo escenario de la batalla entre Israel y la OLP de Arafat, ahora lo es de la pugna entre Arabia Saudita e Irán.

A esa dinámica responde el extraño culebrón protagonizado por su aún primer ministro, Saad Hariri, que sorprendió al mundo el 4 del actual al presentar su dimisión en Riad. Después de dos semanas de rumores, temores y reuniones al más alto nivel, Hariri volvió ayer al Líbano, y el país entero respiró aliviado.

Poco se sabe sobre el contenido de las conversaciones entre los diversos actores implicados en las rencillas libanesas, que, además de la miríada de facciones locales, incluyen obviamente a Irán y Arabia Saudita, pero también a Francia, Estados Unidos, Siria o Egipto, entre otros. No en vano, Hariri pasó por París, El Cairo y Nicosia antes de aterrizar en Beirut. Ahora bien, nadie duda de que la jugada de Riad, cerebro detrás de la jugada de su protegido libanés, es reducir la influencia de Hezbollah, la potente milicia chiita patrocinada por Teherán y convertida en una especie de unidad militar de elite a disposición del régimen de los ayatollahs más allá de sus fronteras.

Cuando anunció su dimisión, Hariri justificó su “exilio” en Arabia Saudita por el miedo a un atentado como el que segó la vida de su padre, también primer ministro, en 2005. Sin embargo, también denunció el control por parte de Hezbollah del gobierno libanés y su rol desestabilizador en todo Medio Oriente, un discurso en línea con las aspiraciones sauditas. La milicia chiita es la bestia negra de Riad en todos los escenarios más calientes de su batalla con Teherán. Los milicianos de Hassan Nasrallah apuntalaron el régimen sirio de Al-Assad en sus momentos más críticos y, según los sauditas, aporta un valioso apoyo a la milicia houthí en Yemen, con la que el príncipe heredero Mohammed ben Salman se enzarzó hace más de dos años en una guerra tan destructiva como absurda.

Tras entrevistarse con el presidente libanés, el cristiano Michel Aoun, Hariri declaró ayer que su dimisión se hallaba congelada a la espera de entablar nuevas negociaciones. Parece que se está trabajando en un acuerdo que permita el mantenimiento del actual gobierno libanés, constituido en 2016. Su nombramiento representó el fin de la larga crisis política provocado por el cisma entre los dos grandes bloques en los que se estructura la política libanesa, uno prosaudita y prooccidental, y el otro, prosirio. ¿Modificaría un nuevo acuerdo el estatus de Hezbollah en el Líbano o en la región? La milicia chiita se ha mostrado dispuesta a negociar, pero ¿hasta dónde estará dispuesta a ceder?

Como suele suceder en Medio Oriente, las diversas crisis se hallan íntimamente entrelazadas. Por eso, algunos interpretaron que el “exilio” de Hariri, presuntamente forzado por Riad, buscaba como objetivo aislar a Hezbollah y preparar una nueva agresión israelí en el País de los Cedros. En los últimos días, se confirmaron las relaciones secretas entre Israel y Arabia Saudita, antiguos enemigos que parecen dispuestos a colaborar ante la amenaza compartida que constituye Irán. La tesis sostiene que Tel Aviv podría aprovechar que Hezbollah ha desplegado parte de sus efectivos fuera del país para lanzar una ofensiva militar que neutralizara parte de sus capacidades.

La apuesta resulta arriesgada, si no temeraria, pero con el impetuoso trío Trump-Netanyahu-Mohammed ben Salman no se puede descartar ningún escenario. En todo caso, el retorno de Hariri y sus declaraciones conciliadoras parecen alejar este escenario de pesadilla para los libaneses, que en 2006 ya experimentaron los rigores de una guerra entre Hezbollah e Israel.

Otros dos escenarios podrían estar vinculados con la jugada de Hariri, de confesión sunnita, como la dinastía saudita. Se trata de Siria y Yemen. La guerra civil en el primero se encamina hacia una victoria del presidente Al-Assad, para gloria de Putin y del ayatollah Khamenei. Ahora bien, Riad, que financió diversas facciones rebeldes sirias, no se resigna a una derrota sin paliativos y busca concesiones por parte del régimen sirio. Durante las próximas semanas se celebrarán varias conferencias que pueden ser claves para el futuro del país. En cuanto al conflicto yemení, cada día es más evidente que el príncipe Ben Salman se ha metido en un avispero del que no puede salir.

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