El caso de espionaje industrial de espejos en el siglo XVII que enfrentó al Reino de Francia y la República de Venecia (imagen vía Wikimedia commons)

Desde su fundación a finales del siglo VII la Serenísima República de Venecia fue una de las ciudades-Estado más importantes de Europa, contando con una gran vida social, artística y artesanal a lo largo de un buen puñado de siglos.

Su carnaval, la corte que acogía a múltiples aristócratas, los artistas que allí residieron o su importante comercio convirtieron a Venecia en el centro de atención y, como no, de envidias por parte de otras cortes europeas que ansiaban poseer el protagonismo de la capital del Véneto.

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A mediados del siglo XVII Venecia era considerada como la número uno en la elaboración de lujosos espejos de gran tamaño que servían para decorar grandes casas y palacios. Las técnicas utilizadas por los maestros artesanos eran guardadas por éstos como alto secreto, motivo por el cual muchos eran quienes querían averiguar cómo lo hacían para sacar un producto con una calidad tan exquisita.

Esto hizo que tuvieran el monopolio del mercado de espejos y se crearan algunas enemistades por parte de artesanos de otros puntos de Europa que deseaban descubrir las técnicas usadas por los venecianos para lograr hacer espejos de gran tamaño (que doblaba a los que ellos hacían) y, sobre todo, descubrir cómo lograban que la superficie que reflejaba fuera clara y no de un color verdoso como pasaba al resto, además de no distorsionar la figura como hacían el resto de espejos.

Cabe destacar que los espejos venecianos se convirtieron en un auténtico artículo de lujo, superando en algunas ocasiones el precio de cuadros u obras de arte de algunos artistas renacentistas.

Venecia se regía por un líder (magistrado supremo) y el 'Gran Consejo', quienes escogían anualmente a una decena de relevantes hombres del Estado para velar por los asuntos de seguridad. Estos eran conocidos como el ‘Consejo de los Diez’ y se trataba de un órgano político y diplomático que intentaba solventar cualquier conflicto comercial que afectara a la Serenísima República y, por tanto, era quienes protegían el secreto sobre la fabricación de los espejos venecianos.

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Las ganancias con las ventas de espejos eran enormes para Venecia (ya no solo por la transacción comercial, sino por la cantidad de personajes ilustres que viajaban hasta allí para adquirirlos), motivo por el cual el hermetismo sobre la fabricación de este preciado artículo era enorme.

Uno de los más files amantes de los lujosos espejos venecianos fue el rey Luis XIV de Francia, quien gastaba millonarias cantidades del erario para adquirir carísimos espejos con los que adornar sus palacios, algo a lo que quiso poner remedio Jean-Baptiste Colbert, Ministro de Hacienda francés que decidió, en 1666, que una manera de poder ahorrar mucho dinero a las arcas del Estado sería descubrir el secreto de los espejos venecianos y fabricarlos en el país galo.

A través de Pierre de Bonzi, embajador de Francia en Venecia, Colbert instó a éste para ‘fichar’ a un elevado grupo de artesanos venecianos que, a cambio de una suculenta remuneración, se marcharan a trabajar a suelo francés y confeccionaran allí los ansiados espejos.

Varios fueron los que aceptaron la proposición económica y se marcharon de incógnito a trabajar en Francia, pero la noticia sobre la huida de los artesanos y puesta en marcha de una nueva factoría de espejos en suelo francés no tardó en llegar a oídos del Consejo de los Diez, quienes decidieron poner remedio a este contratiempo mandando al embajador veneciano en París, Marcantonio GiustinianiQue ordenó de nuevo a los artesanos en Venecia.

Algunos fueron convencidos, pero Colbert contraatacó llevando hasta Francia las esposas e hijos de los artesanos, por lo que la mayoría decidió quedarse allí.

Una serie de agentes de ambos países iban realizando trabajos de espionaje para informar a sus superiores sobre cómo iban las gestiones. Unas veces parecía que Venecia se salía con la suya y los artesanos decidían regresar y sin embargo otras la balanza estaba del otro costado y eran los franceses quienes lograban retenerlos o sino ir a buscar a otros que los reemplazarían.

Así estuvo el asunto a lo largo de casi un año y a principios de 1667 desde el Consejo de los Diez se decidió tomar una drástica decisión: asesinar a los mejores artesanos venecianos que habían huido a Francia, de este modo estaban convencidos que sin sus líderes y maestros el resto regresarían a Venecia.

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El primero en morir envenenado fue la Riveta Antonio y poco tiempo después otros empezaron a enfermar, a causa del veneno administrado por los espías venecianos. No tardaron en regresar a Venecia el resto de artesanos quienes, tras pedir perdón al Consejo de los Diez, pudieron reincorporarse a sus puestos de trabajo.

A pesar de quedarse Francia sin aquellos artesanos sí que lograron el secreto que tanto codiciaban sobre cómo se realizaban los espejos venecianos, por lo que el astuto ministro Colbert preparó todo para que fueran artesanos franceses quienes fabricaran a partir de aquel momento los espejos que adornarían los palacios del caprichoso Rey Sol.

Cabe destacar que cuando Luis XIV ordenó adornar la conocida ‘Galería de los espejos’ del Palacio de Versalles, en 1679, todos los espejos allí colocados eran íntegramente franceses, ahorrando de ese modo una gran cantidad de dinero a las arcas del Estado.

Fuentes de consulta e imagen: National Geographic / artigoo / historiageneral / Wikimedia Commons

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