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La Villana, de Jung Byung-Gil

Los festivales de cine siempre tienen algo para ofrecer para los fans del cine de género y esta edición del Festival de Cine de Mar del Plata no fue la excepción. En esta edición hubo espacio tanto para el cine oriental de autor estilizado como para el exploitation puro y duro. A continuación algunos ejemplos que muestran que los amantes de los tiros, la sangre y la violencia también tuvieron de dónde agarrarse este año.

Bone Tomahawk, de S. Craig Zahler

S. Craig Zahler tuvo un debut contundente con Bone Tomahawk, un híbrido de western y horror, que planteaba un tono algo extraño: escenas lentas marcadas por exabruptos de violencia extrema. La música, los diálogos y cierta cuestión autoconsciente acercaban al film al querido spaghetti western, no tanto a la versión épica de Leone sino a la relectura de un género americano vía el grindhouse europeo. Allí estaba el gore brutal para reafirmar las raíces de Zahler en el cine de medianoche.

Brawl in Cell Block 99

Brawl in Cell Block 99, su segunda película, mantiene el tono pero cambia el escenario. Ahora en vez del western caníbal tenemos el subgénero carcelario, a un Vince Vaughn ex-boxeador metódico, calculador y capaz de meter piñas certeras que rompen quijadas, espaldas, brazos y piernas como escarbadientes. Al igual que en su debut, la propuesta es bastante sencilla. Bradley (Vaughn) es un hombre en busca de mejorar su suerte, y que decide involucrarse en el narcotráfico para poder estabilizarse financieramente y estar bien con su mujer. La escena en que descubre que ella venía de un affaire pinta el personaje por completo más que cualquier pelea posterior. Bradley, con la rabia visible aún en el rostro incólume, despedaza literalmente un auto a golpes. Después se sienta, calmo, casi amable y le pregunta a su mujer: ‘¿desde cuándo?, ¿por qué?, ¿y ahora qué hacemos?’. El pasado boxeador le dio a Bradley la capacidad para el golpe brutal y asesino pero también para la estrategia y la actitud metódica. Cuando cae preso y termina a merced del chantaje de un mafioso mexicano en una cárcel con pinta de calabozo medieval (y con Don Johnson como el alcaide) la película no se ahorra nada y va a los bifes.

Brawl in Cell Block 99 es un drama pulp que termina en la violencia más extrema posible, con planos largos y fijos que enfatizan peleas tan bestiales como perfectamente coreografiadas. Un cartel en la boletería del cine Ambassador advertía que las imágenes pueden herir la sensibilidad del espectador, aunque la gente en la función celebraba cada efecto old-school de gore irracional con aplausos. Queda en ustedes decidir, pero los amantes del género sin duda celebrarán esta película en sus balances de fin de año.

Lowlife, de Ryan Prows

Lowlife, de Ryan Prows, es un debut un tanto vacilante pero prometedor. Varias reseñas, e incluso el presentador mismo de la película en el festival, anunciaron algunas similitudes con el cine de Tarantino, acaso por su estructura fragmentada y no lineal, y la capacidad del autor para encontrar momentos de humor en los diálogos y personajes en medio de estallidos de violencia (si hay un eje en común en este texto, es la sangre, abunda a chorros, inunda la pantalla). Pero es más conveniente acercarse a Lowlife en sus propios términos, reconociendo sus falencias pero también celebrando sus virtudes, que para ser un debut con el homenaje a flor de piel, las tiene en cantidad.

Hay un intento algo ambicioso de combinar un subtexto de realismo social (prostitución y tráfico de personas, personajes entregados a la adicción) con una estética de historieta. Varios personajes parecen sacados de una fantasía delirante de Frank Miller, como el luchador El Monstruo, un mexicano propenso a ataques de ira, o un ex-presidiario blanco que habla como rapero negro con una esvástica gigante tatuada en la cara. Pero Teddy, el villano mafioso que maneja un negocio subterráneo con un local de fast-food como fachada (a la manera del querido Gus Fring de Hacerse malo), es el personaje más aterrador y acaso donde la irrealidad del cómic y el sadismo surreal pero plausible convergen. Lowlife tiene algunas complicaciones para conciliar la pesadez y la violencia explícita de algunas escenas con el tono más humorístico de otras, y le suma además la narrativa no lineal, que aparece más bien como un gimmick y no como una necesidad formal que aporte algo a la trama. Sin embargo, es un debut noble hecho con amor por el género y con un personaje muy original. Para mirar con reservas y estar atentos a lo que viene.

Outrage: Coda, de Takeshi Kitano

Dos películas orientales completan este recorrido. Outrage: Coda, de Takeshi Kitano, es el cierre de una trilogía, secuela de Beyond Outrage (2012). Kitano, también conocido como Beat Takeshi y mostrando aquí su clásico estilo deadpan para la actuación, de alguna manera muy sutil e intenso a la vez, retoma su saga de yakuzas y le da un cierre casi operístico en su despliegue de violencia. Por momentos, Outrage: Coda es difícil de seguir, más todavía si no se tiene la saga y sus múltiples personajes frescos en la cabeza. Abundan los clanes, los jefes y subjefes, los chantajes y las emboscadas, las traiciones y dobles traiciones. Pero es la gracia: para Kitano la mafia japonesa no tiene el glamour de los italoamericanos de Buenos Muchachos la Los Soprano, siempre entre mujeres gritonas y comiendo almuerzos numerosos.

La yakuza de Kitano es un mundo de reuniones de oficina entre viejos gerontes que extorsionan y exigen tributos, a menudo en direcciones opuestas y confusas. Un mundo 100% de hombres, ya que las únicas mujeres que aparecen en la película son algunas prostitutas, algunas de ellas golpeadas. Pero no es necesario hacerle el Test de Blechdel a la película de Kitano, la yakuza es un mundo de hombres, de soldados muertos y jefes que exigen dedos cortados como tributo, de sociópatas que orquestan trampas malévolas para asesinar, como el asesinato vía máquina de bolas de béisbol en la secuela, o el entierro en el medio de la calle de la última. Un mundo de violencia sin salida, con el peso trágico de un western crepuscular pero la violencia típica del cine de gángsters oriental.

Y finalmente llegamos a La Villana, película que además de pasar por el festival, también contó con estreno comercial en las salas porteñas prácticamente en simultáneo. El propio festival hizo de Corea su país ‘invitado de honor’, pero fuera del espacio del festival o los circuitos alternativos, ya que se pudo ver cine coreano de género en salas en paralelo al cine mainstream americano y es algo para celebrar.

Después de éxitos como Invasión Zombie (Train to Busan, una de las películas del año) o En Presencia del Diablo, llega una película que viste una serie de influencias que los amantes del cine de acción sabrán detectar, desde La Femme Nikita y John Wick, un Kill Bill la Lady Snowblood, todas películas con secuencias de acción estilizada, coreográfica, con asesinos de traje estoicos y un alto número de cuerpos degollados y tiroteados. La escena inicial ya plantea el tono de pastiche, con una secuencia en primera persona que recuerda al experimento formal Hardcore Henry (heredera a su vez de los videojuegos de disparos en primera persona), pero también al Oldboy de Park Chan Wook, por la acumulación de enemigos en un pasillo despachados en una sola toma. La acción es frenética y larger than life, con movimientos de cámara juguetones y acrobáticos al servicio de una acción imparable a manos de una asesina profesional vestida de negro ajustado, lugar común del cine que sigue dando réditos. Lo que sigue es una película poco original, sí, pero que no elude sus influencias sino que las abraza, mostrando que Jung Byung-Gil, director del film, tiene al menos hecha la tarea (su debut es un thriller de asesinos seriales, otro género muy visible en el cine coreano). Hay algo de la plasticidad del cine de John Woo y el balance entre violencia y melodrama de Park Chan-Wook, y la posibilidad de estar frente a una (nueva) nueva ola de cine coreano es exhilarante.

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