Catalanes independentistas esperaban que su reclamo se haga realidad
Catalanes independentistas esperaban que su reclamo se haga realidad. Foto: EFE / Jordi Bedmar Pascual

BARCELONA.- El derrumbe se vio en las caras. Se escuchó en los silencios y se reveló en los pasos cansinos de los que abandonaban la Plaza Sant Jaume sin la menor gloria.

La república de Carles Puigdemont se rindió a la realidad de la no existencia aun antes de que amaneciera su primer lunes. Nunca una narrativa épica cayó tan pronto para encontrarse en la paradoja de su punto de partida.

Esto es, después de todo lo recorrido, de todas las juras y de todos los puños en alto, otra vez en foja cero: con elecciones a la vista. Barajar y dar de nuevo en un proceso en el que la duda central sigue siendo por qué no lo hizo él mismo.

¿Qué fue lo que impidió que Puigdemont llamara a elecciones, en lugar de tirar todo por la borda, hacer la valija y partir en secreto hacia Bélgica? Ésa es otra historia.

La historia del choque con la realidad es la que se dieron los pocos militantes independentistas que llegaron ayer por la mañana a la plaza, con la esperanza de poder pelear por lo suyo. No llegaban a la media docena y una bandera triste de la Estelada, la bandera de la república independiente.

“¿Hay alguien adentro?”, preguntaron, en referencia al Palacio de la Generalitat, la que fue la oficina de Puigdemont. “No, no hay nadie”, contestaban los periodistas.

Temprano, antes que nadie, había llegado Carme Forcadell a la sede del Parlamento del que es presidenta. Entró con cara larga. Ella, que es de hablar alto, no quiso hablar con nadie.

Apenas despuntaba el día de la pretendida gloria que ya se asomaba la primera bandera blanca. ¿Dónde quedaba la resistencia de la que hablaba Puigdemont?

Traición

Los más desconcertados eran corresponsales de prensa alemanes y británicos, que vienen hablando de que aquí se vive clima de guerra civil. “Botifler”, dijo alguien en la mesa de al lado. Lo repitió. Significa traidor en catalán. O algo parecido.

En las cuatro esquinas de la plaza, los Mossos d’Esquadra, la policía regional catalana, miraban sin nervios. Cosas del oficio, ya desde temprano sabían que el día sería tranquilo. Y que, a fin de mes, la paga llegaría seguro. Que con las cosas de comer no se juega.

Lo mismo pensaron los 198.000 empleados públicos que tiene el gobierno catalán. Puede que, de haberse presentado su presidente, alguno hubiese hecho resistencia. Pero con Puigdemont en silencio y mandando enigmáticas fotos de su oficina por Twitter, a ninguno se le cruzó la idea.

Hubo un par de intentos de salvar los papeles. El ex vicepresidente Oriol Junqueras y el ex ministro de asuntos territoriales Josep Rull, que se acercaron fugazmente a sus oficinas. Pero no se quedaron (ver aparte).

En tanto, en otras dependencias del gobierno de Cataluña se mantenían expectantes. En algunas no habían recibido órdenes de los funcionarios de Madrid .

En rigor, tampoco sugerencias a la resistencia como se venía especulando en las últimas horas. La administración parecía en pausa a punto de decantar hacia los mandatos de la nueva intervención gestionada por el gobierno central.

En los bares, en los paseos, la conversación era en voz baja. No estaba más el júbilo de los días de la independencia. Los jóvenes que hablaban de república a los gritos y se adueñaban de las veredas como conquistadores. Con la bandera catalana como capa.

Al contrario. Parecía más bien el día del susurro y hasta de cierta vergüenza. Cataluña, la más inteligente, la más próspera, la más trabajadora, era protagonista de una historia digna de los trópicos donde habita el realismo mágico. En esos climas imposibles, la ficción se mezcla con la realidad.

“Bueno, sí, hemos declarado la república. Ahora hay que ver qué pasa”, recogió LA NACION entre jóvenes estudiantes. Entre ellos era mayor el porcentaje de los que aún creían. La ilusión, dice Valle Inclán, se cura con el tiempo.

Tan brutal fue el derrumbe que hasta la CUP, esos chicos combativos que van contra todo, parecían rezar. “Le pedimos al presidente Puigdemont que ejerza la república. Desde aquí o desde Bruselas. Desde donde sea, pero que lo haga”, dijo la diputada Mireya Boia, vocera de la fuerza.

Habló en su oficina del Parlamento regional. Puede estar allí todavía porque integra el llamado “grupo de trabajo”. Pero por mucho que definiera el suyo como un “día más” fue el más triste.

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